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Los veranos de Galicia

Los veranos en Galicia ya no son como antes. Aquellos días suaves y tibios fueron los que me hicieron quedarme aquí, más allá de cualquier lazo familiar. Y, aunque todos lo sepan, incluso quienes nunca han vivido aquí, esos veranos que me hicieron mirar la Galicia lejana con otros ojos ya forman parte del pasado.

Sí, Galicia era lejana, perdida en la península, el lugar que mis abuelos habían dejado antes de la guerra. Por eso se sentía distante. No obstante, si usamos algo de sentido común, el lugar que escogieron para establecerse podría haber sido aún más remoto: Buenos Aires.

Quienes nunca vinieron en verano no podían imaginar lo que se perdía: tardes que no quemaban la cabeza y que invitaban a caminar sin prisa; mañanas frescas que empujaban a salir solo para respirar y disfrutar del aire en la piel; noches en que una rebeca ligera bastaba para no pasar frío. Todo eso, tan sencillo, era suficiente para enamorarse de ella.

Pero esas impresiones están cambiando. Galicia ya no se percibe de la misma manera. Lo más importante es continuar experimentando: sentir el aire húmedo, las sombras, la quietud, la vida que se mueve bajo la lluvia y en los rincones oscuros… Allí está la magia, el lugar que se descubre a través de las sensaciones.

Galicia sigue siendo especial, aunque, como cualquier lugar, tenga gente amable, estresada, desconocida o un poco loca. Eso no importa, porque lo que la hace única son los momentos que solo se sienten: los instantes en que el viento juega con los caballos, la tierra que huele a lluvia, el verde intenso de la hierba mojada. Así uno comprende por qué todavía conecta con este lugar. Simplemente, continuar buscando lo esencial.

Veranos eran los de antes. Y cuando digo «los de antes» no me refiero a siglos atrás: con solo mirar cinco años se nota la diferencia. Galicia siempre ha tenido incendios, pero este año el fuego se llevó demasiadas hectáreas, demasiadas vidas: humanas, animales y vegetales… la vida misma. Pensar que mis caballos pudieron haber estado cerca me da escalofríos.

Intento distraerme, encender la televisión o mirar por la ventana, pero las imágenes vuelven. Me pregunto qué habría pasado si hubieran estado allí, frente al fuego. Es imposible no pensarlo: la mente se niega a serenarse ante la idea de vidas perdidas, tierra arrasada, casas destruidas, animales quemados y el silencio que queda después de la tragedia.

Cierro este texto recordando que el abandono de explotaciones agrícolas y ganaderas, la emigración de los jóvenes y los cambios productivos han contribuido a esta escalada de incendios, más allá de la subida de temperaturas. Tener pequeñas granjas quizá no era rentable, pero un huerto o algunos animales para consumo propio seguían siendo una manera de vivir que daba sentido y conectaba con la tierra.

Yo no puedo hacerlo, porque mi salud no me lo permite, pero dejo la idea: quien busque calidad de vida y no tema al fuego siempre será bienvenido en mi casa; podrá tocar la puerta y quizá encontrará a alguien con quien compartir un momento, unas palabras y la sensación de que, aunque los veranos ya no sean como antes, este lugar sigue siendo un hogar capaz de emocionar.