La casa vacía

Dedicado a mi perra Rough Collie «Attila Queen De Montes»
2 de marzo de 2016 – 11 de abril de 2026

La casa está vacía. Está llena de tu ausencia. La casa pesa, languidece, llora.

Te trajo papá, ¿te acordás? Te compró en un criadero muy prestigioso en Extremadura, donde vendían los mejores ejemplares de Rough Collie. Tenías la casta de una gran campeona, pero nunca quisimos exponerte. Queríamos que fueras la campeona de nuestra casa, nuestra Lassie personal, nuestra heroína. Sin focos ni luces, solo en familia.

Y así fuiste creciendo, mientras la familia se fue reduciendo hasta que quedamos solas vos y yo. Pero la casa nunca estuvo vacía con vos adentro. Tu presencia lo llenaba todo, con tu nobleza, tu porte majestuoso y tu dignidad.

No eras un perro cualquiera. Eras especial. Eras mi perra.

Mi hija te abandonó, aunque fuiste un regalo para ella, así que yo tuve que asumir tu cuidado. Y así lo hice.

Por esas vueltas de la vida, el cáncer llegó a mi cuerpo. Sin embargo, mi promesa de cuidarte hasta el final la cumplí. 

Fue duro para vos y para mí. Pero eras el motivo que me hacía levantarme incluso en los peores días. Ahora ya no queda ese impulso; solo el silencio de la casa y el cuidado del gato, tu compañero, que no puede ocupar tu lugar ni quiere hacerlo.

Ayer te fuiste. Pero no te fuiste sola: yo estuve con vos hasta tu último aliento, como te prometí.

Te sostuve hasta el final. No sé si yo tenía más fuerza que vos, pero estuve ahí, cumpliendo mi promesa y agradeciéndote los años que me diste.

La última vez que saliste al jardín te quedaste quieta, mirando la brisa, los árboles y los pájaros, como si supieras. Yo aún no lo sabía.

Te llevé al hospital porque te encontrabas muy mal. Recuerdo el camino, el miedo y la urgencia. Y recuerdo también lo que dije al veterinario: «Las bailarinas de ballet somos fuertes, no se preocupe». No era una frase pensada. Era lo que soy. Tenía que acompañarte en tu tránsito hacia la luz, Pero he de admitir que también sufrimos, padecemos y conocemos el corazón roto. La fortaleza no nos evita el dolor.

Hoy es el primer día sin vos. La casa parece más grande. El silencio ocupa cada rincón. A veces creo que vas a volver a aparecer.

Te pedí que antes de irte te despidieras del gato, que jugaras una última vez. Ya estabas libre, podías correr y saltar…

Y cuando regresé, él había abierto la ventana —la misma que nunca había podido abrir— y ya no estaba. Me quedé en paz. Sentí que los dos se habían ido de algún modo hacia el mismo lugar.

Ahora solo quedan tus cenizas, tus cosas guardadas con amor: tus juguetes, tu cama, tu platito, tu arnés. Todo espera en silencio hasta que un día tenga el valor de abrirlas y recordarte con alegría.

¿Y sabés una cosa? Laurita tiene un lugar preparado para vos. Vas a estar junto a nuestros abuelos, en el jardín de Acassuso, en Argentina: el jardín de nuestra infancia, jugando los tres. Posiblemente con Julieta. Julieta era la perra de mi niñez. No tenía tu elegancia ni tu distinción, pero tenía toda la simpatía que va a hacer que tus días sean aún más felices.

Esta casa sigue, pero ya no es la misma. El silencio es más profundo. Todo está guardado en tu ausencia. Y aun así, no es un adiós.
Porque lo nuestro no termina acá.

Attila Queen de Montes

Los veranos de Galicia

Los veranos en Galicia ya no son como antes. Aquellos días suaves y tibios fueron los que me hicieron quedarme aquí, más allá de cualquier lazo familiar. Y, aunque todos lo sepan, incluso quienes nunca han vivido aquí, esos veranos que me hicieron mirar la Galicia lejana con otros ojos ya forman parte del pasado.

Sí, Galicia era lejana, perdida en la península, el lugar que mis abuelos habían dejado antes de la guerra. Por eso se sentía distante. No obstante, si usamos algo de sentido común, el lugar que escogieron para establecerse podría haber sido aún más remoto: Buenos Aires.

Quienes nunca vinieron en verano no podían imaginar lo que se perdía: tardes que no quemaban la cabeza y que invitaban a caminar sin prisa; mañanas frescas que empujaban a salir solo para respirar y disfrutar del aire en la piel; noches en que una rebeca ligera bastaba para no pasar frío. Todo eso, tan sencillo, era suficiente para enamorarse de ella.

Pero esas impresiones están cambiando. Galicia ya no se percibe de la misma manera. Lo más importante es continuar experimentando: sentir el aire húmedo, las sombras, la quietud, la vida que se mueve bajo la lluvia y en los rincones oscuros… Allí está la magia, el lugar que se descubre a través de las sensaciones.

Galicia sigue siendo especial, aunque, como cualquier lugar, tenga gente amable, estresada, desconocida o un poco loca. Eso no importa, porque lo que la hace única son los momentos que solo se sienten: los instantes en que el viento juega con los caballos, la tierra que huele a lluvia, el verde intenso de la hierba mojada. Así uno comprende por qué todavía conecta con este lugar. Simplemente, continuar buscando lo esencial.

Veranos eran los de antes. Y cuando digo «los de antes» no me refiero a siglos atrás: con solo mirar cinco años se nota la diferencia. Galicia siempre ha tenido incendios, pero este año el fuego se llevó demasiadas hectáreas, demasiadas vidas: humanas, animales y vegetales… la vida misma. Pensar que mis caballos pudieron haber estado cerca me da escalofríos.

Intento distraerme, encender la televisión o mirar por la ventana, pero las imágenes vuelven. Me pregunto qué habría pasado si hubieran estado allí, frente al fuego. Es imposible no pensarlo: la mente se niega a serenarse ante la idea de vidas perdidas, tierra arrasada, casas destruidas, animales quemados y el silencio que queda después de la tragedia.

Cierro este texto recordando que el abandono de explotaciones agrícolas y ganaderas, la emigración de los jóvenes y los cambios productivos han contribuido a esta escalada de incendios, más allá de la subida de temperaturas. Tener pequeñas granjas quizá no era rentable, pero un huerto o algunos animales para consumo propio seguían siendo una manera de vivir que daba sentido y conectaba con la tierra.

Yo no puedo hacerlo, porque mi salud no me lo permite, pero dejo la idea: quien busque calidad de vida y no tema al fuego siempre será bienvenido en mi casa; podrá tocar la puerta y quizá encontrará a alguien con quien compartir un momento, unas palabras y la sensación de que, aunque los veranos ya no sean como antes, este lugar sigue siendo un hogar capaz de emocionar.

Personas y caballos en aldeas rurales: la amenaza de la caza cercana

En muchas aldeas rurales, la caza se practica cerca de las viviendas, lo que representa un riesgo real tanto para las personas como para los caballos. Una bala perdida puede superar los límites de la zona de caza, convirtiendo un terreno aparentemente seguro en un espacio peligroso. En la aldea donde resido, el límite está a tan solo 200 metros. Los perdigones de escopeta, aunque se consideren seguros a esa distancia, pueden dispersarse y alcanzar diferentes alcances según el ángulo del disparo, el tipo de cartucho y el terreno. Por eso, estar tan cerca no garantiza seguridad; el riesgo sigue siendo alto. ¿Sería demasiado pedir 500 metros? Por mi experiencia personal, tristemente, creo que sí.

Los caballos, animales muy perceptivos, pueden reaccionar al peligro con nerviosismo o pánico. Sin embargo, esa sensibilidad no los protege de un accidente. En ocasiones, caballos y personas han resultado heridos o incluso muertos por disparos efectuados a corta distancia de zonas habitadas.

Durante los años en que tuve caballos, la temporada de caza siempre exigía rapidez. Apenas escuchaba un disparo, corría a buscarlos y llevarlos al establo, consciente de que una bala podía alcanzarnos en un instante, a ellos o a mí. Ellos confiaban y esperaban hasta que yo llegaba con las cabezadas y los ramales para emprender la retirada. Esa tensión constante me enseñó cuánto depende nuestra seguridad de la atención y la previsión, y cuán frágil puede ser la vida cuando convivimos de cerca con un deporte de riesgo.

La reflexión es clara: la seguridad de las personas y los animales en zonas cercanas a áreas de caza debe ser una prioridad. Evitar accidentes requiere medidas efectivas, distancia suficiente y, sobre todo, precaución constante. Porque, a pesar de los distintos gobiernos que han pasado por Galicia, nadie parece dispuesto a abordar este tema de manera decidida, por razones electorales y otros intereses que pesan más que la vida y la seguridad de quienes convivimos cerca del peligro.

En Galicia, se han registrado incidentes trágicos relacionados con la caza desde siempre: personas muertas, heridas y también ganado. Estos sucesos subrayan la necesidad de medidas de seguridad más estrictas y de una mayor conciencia sobre los riesgos de cazar cerca de las aldeas.

En otras palabras, aunque existan reglas para los cazadores y los terrenos, las medidas para proteger a los vecinos y al ganado doméstico son limitadas o prácticamente inexistentes. Después de las batidas, aunque haya personas o animales fallecidos, todo continúa igual.

María Liliana Carolo
Bailarina profesional
Autor 

La importancia del vínculo con el caballo: más allá del cuidado físico

En el mundo de los caballos hay muchas cosas que deben estudiarse, aprenderse y comprenderse a través de la lectura, la observación y la enseñanza de grandes maestros. Eso es innegable. Pretender entender sin estudiar sería como querer leer un libro sin haberlo abierto nunca.

Pero más allá de esa obligación de aprender, la experiencia resulta fundamental. Cuando llegaron mis caballos a mi vida, era también la primera vez que tenía caballos en mi propio establo. No los había tenido antes bajo mi cuidado; ya había vivido frente a un hipódromo y crecido viéndolos constantemente. Aun así, por algún motivo que desconozco —tal vez un instinto, la educación recibida o una especie de gracia— siempre creí que todo caballo era bueno. En mi mente no cabía la idea de que existiera un caballo «malo».

Esa creencia me acompañó durante toda mi vida. Era algo que daba por hecho, sin justificaciones.

El día que llegó mi caballo, Kronos, después de circunstancias complicadas para él, seguía pensando de la misma manera: todos los caballos eran buenos, sin excepción. Y, de alguna manera, él acató mi punto de vista de inmediato. Me concedió la primera victoria sin objeciones. Eso, aunque sencillo, marcó el inicio de nuestra relación. Pensé que sería fácil establecer un vínculo, pero pronto comprendí que no siempre lo es. Para muchas personas, incluso tareas simples pueden resultar difíciles, no por falta de capacidad, sino por los prejuicios que cargan sobre el comportamiento equino.

Nuestra vida juntos se desarrolló con armonía, aunque no sin esfuerzo. Tuve que estudiar, informarme, leer y escuchar a personas con experiencia, para comprender lo que ya intuía: mi forma de pensar me había ayudado en gran medida.

No es un secreto: los caballos perciben nuestras intenciones y emociones. Pero, para que esa percepción funcione, uno debe ser sincero consigo mismo. Ser sincero con uno mismo es serlo también con el caballo.

Quizá la receptividad que tenemos los artistas facilita el vínculo, aunque no es infalible ni aplicable a todos. Siento que tuve la suerte de contar con esa creencia y, sobre todo, la fortuna de cruzarme con ese caballo que me acompañó en mi camino, que pudo confiar sin miedo y aceptar mis corazonadas sin resistirse. Gracias, amigo, por tu lealtad y por hacer de mí una persona segura de sus convicciones.

María Liliana Carolo
Bailarina profesional
Autor 

Kronos y yo

Cuando el contenido viral no cuida al caballo

Las redes sociales tienen un magnetismo extraño: vídeos que se hacen virales en minutos, llenos de caídas con posibles lesiones, caballos ridiculizados con ropa absurda para atraer atención y likes, incluso caballos con estereotipias o sentados por cólicos, que parecen hacer reír… pero, ¿qué hay detrás de la pantalla?

A veces, la búsqueda de likes y compartidos deja en segundo plano algo fundamental: el bienestar del caballo. Hay imágenes que, más que llamativas, pueden resultar estresantes, y situaciones que se muestran como divertidas, pero que generan tensión o incomodidad en los animales.

No se trata de criticar ni de señalar a nadie, sino de observar con atención lo que consumimos. En mi experiencia, trabajar con mis caballos significa valorar, reconocer, observar y escuchar. Cada gesto cuenta, y lo que puede parecer espectacular o divertido en un vídeo no siempre lo es para ellos. La viralidad nunca debe ser más importante que la seguridad y la felicidad del caballo.

Por eso me pregunto: ¿qué buscamos realmente al ver contenido viral? ¿Likes y risas rápidas, o admiración y consideración hacia estos animales extraordinarios? Creo firmemente que es posible crear vídeos hermosos, divertidos y compartibles sin comprometer a los caballos.

La invitación queda abierta: comparte tu opinión, reflexiona sobre lo que ves y, sobre todo, disfruta del mundo equino con cuidado y respeto.

María Liliana Carolo
Bailarina profesional
Autor 

Internet sin filtros

Internet tiene una dualidad curiosa. Por un lado, los vídeos donde todo parece éxito, lujo o perfección: coches alquilados para la foto, escenarios que aparentan más de lo que son, vidas hechas para ser admiradas. Por otro, los comentarios: un universo donde se ve la realidad sin filtros, perfiles anónimos, gente que dice cosas que nunca diría en persona, envidia, crítica… y, de repente, surgen momentos divertidos, tiernos o sorprendentes.

Yo no me dedico a enseñar cosas, sino a contar historias. En mis vídeos, muy breves, mis caballos se comportaban como tales, y yo improvisaba, sin guion.

Recuerdo a un señor que me escribió diciendo que debía «educar a mi poni». Al mirar su perfil, descubrí que era brujo y tarotista… ¡imposible no reírse! Le pedí un conjuro para lograrlo, aunque, claro, nunca llegó.

Otros comentarios buscaban ayudar con gracia: señoras que sugerían ponerle una bufanda al poni cuando aún no necesitaba manta de invierno. Imaginar un poni con bufanda siempre arranca una carcajada.

Muchos comentarios se centraban en mi voz. Me llamaban «Mickey Mouse», «voz de caballo», pero sobre todo «Marge Simpson». Curioso, porque esas voces no tienen relación entre sí. Al principio me sorprendían, pero con el tiempo entendí que esa ocurrencia del público se volvió mi marca personal y reconozco que esa particularidad me distingue. Ahora sé que mi voz no pasa desapercibida.

También hay comentarios ofensivos, sobre todo de perfiles anónimos, pero no merecen atención. Lo importante es concentrarse en lo esencial: disfrutar, crear y conectar con quienes realmente aprecian un contenido.

Estas interacciones enseñan mucho sobre Internet y la gente: la sociedad sin máscaras. Algunos comentarios sorprenden, hacen reír, otros intentan agredir, y algunos aportan ternura o admiración. Internet y las redes sociales son un espejo: reflejan la envidia, la crítica, la maldad y también la generosidad y el buen humor.

Lo valioso es cómo elegimos mirar, reaccionar y disfrutar de cada instante.

Kronos, mi caballo
«Kronos»

Caballo de batalla (película 2011)

La Gran Guerra, entre 1914 y 1918, fue un conflicto que hoy casi nadie recuerda con claridad. Dos bandos imperialistas de fortaleza militar bastante equilibrada se enfrentaron durante años, convirtiendo la contienda en una experiencia intensa y devastadora. Por fortuna o por desgracia, según se mire, Rusia no participó activamente en gran medida, inmersa en la Revolución Bolchevique, lo que alteró el curso de la guerra.

El enfrentamiento se caracterizó por largas campañas en trincheras, avances limitados y un armamento sumamente destructivo para la época, con gases y otras armas que hicieron de cada batalla un desafío inhumano. La igualdad de poderío entre los bandos transformó la guerra en un enfrentamiento prolongado y sangriento, donde el valor y la resistencia de soldados y animales eran puestos a prueba constantemente.

En medio de ese caos, caballos y soldados eran arrastrados a una lucha que muchos no comprendían y pocos recordarían. Caballo de batalla, de Steven Spielberg, nos hace pensar en esos protagonistas anónimos y muestra que, incluso en medio de la guerra, la humanidad puede dar señales de compasión y esperanza.

Una de las escenas que más me conmueven ocurre cuando el caballo protagonista queda atrapado en los alambres de púas, cerca de las trincheras, mientras intenta huir. Los soldados del bando aliado y del bando alemán-austrohúngaro deciden detenerse, no abrir fuego y colaborar para liberarlo. Esa secuencia me recuerda que la clemencia y la solidaridad pueden sobrevivir al desastre y la crueldad, y que hay valores que logran persistir incluso en medio de la barbarie.

caballo de batalla - war horse (2011)
Imagen: póster oficial de la película War Horse (Caballo de batalla), dirigida por Steven Spielberg. © DreamWorks / Disney / Amblin Entertainment.

Spielberg, con su mirada característica, nos atrapa en una historia de lealtad y valentía, donde los vínculos entre hombres y animales invitan a reflexionar sobre la dignidad que debería acompañar la memoria histórica.

Caballo de batalla no es solo un drama bélico; es una lección de empatía que quizás nos lleve a creer que la humanidad aún tiene sentido, incluso en momentos de desolación. Además, tiene un gran mérito haber realizado una película sobre la Primera Guerra Mundial —siempre eclipsada por la Segunda— y que el protagonista sea un caballo.

La película es de 2011, basada en el libro War Horse de Michael Morpurgo. Recomiendo a todo lector que no la haya visto que dedique un tiempo a contemplar el film y tomar conciencia de la sangre derramada hasta la fecha.

Y recuerde: los soldados suelen tener memoriales; los caballos, jamás.

Tráiler oficial de la película War Horse (Caballo de batalla), dirigida por Steven Spielberg. Fuente: YouTube / DreamWorks Pictures.

El encuentro con Platero

Cuando cumplí once años —creo que once— llegó a mi biblioteca Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez. Tengo que decir que ese ejemplar aún lo conservo y lo sigo leyendo, aunque apenas leí los primeros capítulos durante mi niñez. Mi hermana mayor, que ya lo había leído —probablemente en el colegio—, tuvo el impulso de decirme: «El burrito se muere al final del libro».

Evidentemente, no sé si ella se deleitó haciendo ese spoiler, pero al menos su lengua suelta me protegió: evitó que leyera el libro hasta que estuviera preparada para aceptar que el burrito iba a morir.

Y así pasaron los años, hasta que finalmente asumí que Platero moriría irremediablemente. Entonces lo leí. Una vez, dos, tres, quizás cincuenta. Y cada vez que lo releo, descubro una perspectiva diferente, un hallazgo inesperado, una reflexión, algún párrafo de don Juan Ramón que me sorprende y me conmueve.

Ya no le temo a la muerte de Platero. Es una muerte poética, exquisita, escrita con una prosa impecable. Aprendí a convivir con ella, a leerla una y otra vez, y a disfrutar de esa narrativa que convierte la muerte en algo armonioso y sublime, con las palabras exactas.

Platero no existió realmente en la vida de Juan Ramón Jiménez, pero sí existe especialmente en la vida de muchos, sobre todo de aquellos que nos dedicamos a conversar con equinos.

María Liliana Carolo
Bailarina profesional
Autor 

«Si algún día me ves asomarme al pozo, no creas que quiero matarme, Platero. Es que quiero ver las estrellas.»

Juan Ramón Jiménez, Platero y yo

Mi primera biblioteca

Durante mi infancia, mi biblioteca ocupaba toda la pared derecha de mi habitación. Era hermosa y me parecía inmensa, con los estantes superiores inaccesibles para mí. Contenía los libros de mi madre, supongo que también algunos de mi hermana mayor, y, con el tiempo, fueron llegando los míos: unos, obligatorios para las lecturas escolares; otros, regalos de cumpleaños o de fechas especiales. Siempre me gustó pedir libros de cuentos.

En el instituto tuve la suerte de cursar asignaturas de literatura, filosofía y psicología que, aunque a veces me resistía a leer, hoy agradezco profundamente haber conocido. Algunos títulos no resultaban muy alentadores —FuenteovejunaEl Cantar del Mio CidLas Serranillas…—, especialmente en plena adolescencia. Ni siquiera Platón, Aristóteles, Kant o Freud lograban entusiasmarme. Sin embargo, en medio de aquel popurrí, imposible de citar por completo, con el paso de los años aprendí a valorar cada lectura. De hecho, durante la carrera de Historia continué descubriendo libros extraordinarios. No en vano, aquí estoy.

Me gusta evocar esa biblioteca. Me encantaba colocar los libros aquí y allá, cambiarlos de lugar, ordenarlos e incluso jugar a ser bibliotecaria. No es extraño: la familia de mi padre estaba muy ligada a la literatura, sobre todo por Vicente Zito Lema —abogado, poeta, dramaturgo, periodista, filósofo y docente universitario—, cuya búsqueda de lo justo y lo bello se conectó, sin que yo lo buscara, con mis propios propósitos personales.

Si bien ya he mencionado que tengo raíces gallegas y que actualmente vivo en Galicia, en el pueblo familiar, también conservo, como todo argentino, un origen italiano por parte de mi padre. Él ya no está entre nosotros, al igual que Vicente, víctima de esa enfermedad que parece perseguirnos a todos y que hoy prefiero no nombrar.

Recuerdo también la antigua librería de Emilio Zito, situada en un punto de encuentro de intelectuales, escritores, periodistas, músicos y militantes sociales de Buenos Aires. Más tarde, mi abuela, María Rosa Zito, me envió los manuscritos de otro célebre miembro de la familia: Cayetano Oreste, compositor del tango Abuelita, ¿qué horas son?, interpretado por Floreal Ruiz, Libertad Lamarque y otras grandes figuras del tango argentino.

Con el tiempo, mi hermana pequeña también siguió el camino de la lengua y la literatura, probablemente influida por aquel hilo invisible que traían nuestros ancestros italianos, amantes del arte, la poesía y la belleza. Por aquellas vueltas de la vida, regresó a Italia, patria de nuestros antepasados, para ejercer esos dones y, quizá, para retribuir a esa nación su legado.

Hoy esa biblioteca ya no existe. Conservo algunos libros de entonces, que no sé cómo llegaron hasta aquí, quizá entre los equipajes. Pero guardo tantas páginas y portadas de aquella biblioteca que, aunque desaparecida, sigue viva en mis recuerdos, puesta en la melancolía de un rincón del corazón… como decía Cayetano Oreste en su viejo tango «Abuelita, ¿qué horas son?», al que me permito cambiarle una palabra y hacerlo mío también.

María Liliana Carolo
Bailarina profesional
Autor 

Literatura comercial vs. literatura de calidad: un viraje peligroso para la cultura

En los últimos años, la literatura atraviesa un momento de cambio profundo y complejo. Las reglas del juego parecen estar siendo redefinidas, y la balanza que antes se inclinaba hacia la calidad literaria ahora parece ceder ante la influencia del éxito comercial y la popularidad en redes sociales. Este fenómeno, aunque natural en un mundo cada vez más conectado y digital, plantea serias preguntas sobre el futuro de la cultura y el arte de escribir.

1. El poder de los seguidores en redes sociales

Hoy en día, la cantidad de seguidores, likes y comentarios en plataformas digitales se ha convertido en una moneda de cambio decisiva para editoriales y autores. Y peor aún: para los grandes sellos que se supone que nos tienen que ofrecer calidad. A menudo, la visibilidad en redes sociales determina qué libros reciben más promoción y llegan a un mayor público, desplazando a veces el valor literario real de la obra. Esta dinámica puede premiar la popularidad efímera y no la profundidad o la innovación literaria.

2. Riesgos de convertir la literatura en un producto comercial

La tendencia a priorizar lo comercial lleva a que muchos libros se diseñen para ser consumidos rápidamente, apelando a modas pasajeras y evitando riesgos creativos. Esto puede conducir a una literatura superficial, que sacrifica la riqueza del lenguaje, la complejidad de los personajes y la capacidad de hacer reflexionar al lector. El peligro es que la literatura se convierta en un producto más, perdiendo su función cultural.

3. La responsabilidad de escritores y editoriales

A pesar de las presiones del mercado, los escritores y editores tienen una responsabilidad ineludible: preservar la integridad artística y cultural de sus obras. Apostar por la calidad no siempre es fácil ni rentable a corto plazo, pero es esencial para mantener viva la literatura como un espacio de reflexión, emoción y crecimiento. La valentía de desafiar al lector y proponer nuevas miradas es lo que identifica a la literatura que perdura.

4. Mi propio camino literario

Como escritora, he elegido caminar un sendero donde la honestidad están por encima del éxito inmediato. Mi escritura no busca solo entretener, sino conectar con el lector y ofrecerle algo valioso que permanezca más allá del momento. Sé que ese camino es más lento y menos visible, pero es el propósito. Resulta poco común escuchar a una bailarina decir que conversa con caballos…

5. La importancia de la sensibilidad del lector

La literatura no es solo responsabilidad de autores y editoriales; también depende del lector. Cultivar un gusto literario consciente, aprender a discernir la calidad, y leer con atención y apertura son gestiones fundamentales para sostener una circuito literario saludable. La lectura debe ser un acto enriquecedor, no un consumo rápido y superficial.

6. Editoriales de autopublicación y la mercantilización de la literatura

En el panorama actual también debemos mencionar la proliferación de editoriales conocidas como “vanity” o de autopublicación, que aprovechan la moda de escribir para ofrecer servicios de publicación a cualquier persona, independientemente de su nivel literario. Estas editoriales suelen garantizar una edición completa y corrección, incluso cuando la obra llega plagada de errores o sin la calidad mínima esperable.

Aunque esta apertura puede ser vista como una popularización del acceso a la publicación, también plantea un riesgo significativo: se está dando espacio a personas que, sin el rigor y la dedicación que exige la literatura, buscan beneficiarse económicamente o, en el peor de los casos, no consiguen vender ni un solo libro, pero sí sentir que han podido escribir uno. Esto contribuye a la saturación del mercado con productos de escaso valor, dificultando que obras auténticas y de calidad encuentren su lugar. Y además, la llegada masiva de manuscritos ralentiza las labores de las editoriales. 

Este fenómeno refleja cómo, en ocasiones, el afán de vanidad puede eclipsar el compromiso con la cultura y el arte, y subraya la importancia de mantener estándares rigurosos que protejan las bases y el prestigio de la literatura.

Que de vez en cuando leamos un libro simple y superficial está bien. ¿Por qué no? También leemos revistas de moda, cocina y otras aficiones. Pero…cuidado con convertir a un sello editorial en un kiosko de pasatiempos. 

7. Una reflexión desde la danza: ¿y si aplicáramos estos criterios en otras artes?

Como bailarina, docente y agente activo de la cultura durante más de cincuenta años, no puedo evitar preguntarme qué pasaría si en el mundo de la danza aplicáramos los mismos criterios que hoy rigen la literatura comercial.

¿Qué sería de las grandes compañías, e incluso de las pequeñas? ¿Cómo se sostendría la excelencia en teatros de ópera y escenarios que requieren rigor, disciplina y un compromiso artístico real?

Esta comparación invita a un anális necesario: la calidad, la dedicación y la pasión por el arte no pueden ser sacrificadas en aras de la popularidad o el beneficio económico inmediato de los editores. En todas las expresiones culturales, mantener altos estándares académicos es fundamental para preservar la autenticidad y el legado artístico que enriquece a la sociedad.

Para reflexionar…