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Los caballos educados

Eso era lo que parecían, y en parte lo eran. Pero eran caballos, muy traviesos, y yo, les dejaba ser. Ellos me conocían.

Jugábamos, corríamos, usábamos juguetes, libros, todo lo que el lector pueda imaginar. Eran adorables, cariñosos, incluso a veces un poquito descarados, pero sí, mis caballos eran caballos muy educados.

Jamás tuve que correrlos por el prado para ponerles la cabezada y meterlos en el establo. Nada de eso. Cuando llegaba la hora de entrar, se acercaban a la puerta y con ansias bajaban la cabeza para que yo les pusiera la cabezada.

Admito que mi establo era perfecto: cómodo, luminoso, limpio, con paja, agua fresca, hierba y todo lo que un caballo puede soñar. Así que era bastante obvio que tenían ganas de entrar.

Un caballo que no quiere entrar a la cuadra es motivo para preguntarse qué se está haciendo mal, pero afortunadamente ese no era mi caso.

Ahora bien, eran muy pícaros y siempre estaban haciendo alguna travesura. Todo lo que veían, lo tumbaban con sus narices, rompían mantas, rompían sillas, jugaban con cualquier cosa que se pusiera en su camino.

Pero cuando llegaba el veterinario, el dentista o el herrador, parecían los caballos más educados del mundo. Se quedaban quietos, no pateaban, no mordían, e incluso parecían recibir con amabilidad a los doctores y al herrador.

La gente me decía: «¡Qué caballos tan educados!»
Sí… jejeje, eran un dechado de virtudes.

La cosa cambiaba en cuanto se iban los veterinarios o el herrador. Ahí empezaba la diversión de nuevo: a tirar todo con las narices, a correr, a dar vueltas y a jugar como lo hace un joven caballo.

Se transformaban de un instante a otro, qué listos. Simplemente les tenían respeto —o miedo— por la autoridad que ellos representan frente a los caballos. Pero bastaba que se fueran para que empezaran las diabluras otra vez.

Qué hermosos recuerdos… Cuánta dulzura han dejado en mi corazón, en mi jardín,  y en mi memoria. 

Los caballos educados. Quizás no eran los más educados, pero sí los más felices y los más queridos. 

El gusano

Hay momentos con los caballos que quedan grabados en el corazón para siempre, esas anécdotas que parecen simples pero guardan toda la magia de su personalidad. Quiero contarles la historia de cómo mi querido Kronos se ganó un apodo muy especial: El gusano.

Todo comenzó cuando le compré una manta nueva, de color negro, un tono que le favorece bastante. Bueno, en realidad, todos los colores le quedan de cine. Era una de esas mantas que imaginas que le quedarán perfectas y lo protegerán con eficacia. Llevaba conmigo la ilusión de ponerle algo nuevo y cómodo. Así que fui corriendo a abrigarlo y, con cuidado, le coloqué la manta. Cerré bien las trabillas delanteras, los cinchuelos de la barriga y los traseros. Quedó impecable, sin un solo doblez ni tirantez incómoda.

Después, me fui al establo un momento y dejé a Kronos en el prado. Cuando volví, la sorpresa fue mayúscula: allí estaba él, completamente fuera de la manta.

Lo más extraño de todo es que la manta estaba intacta, sin ningún desgarro ni daño. Las trabillas seguían perfectamente cerradas. Me quedé mirándola, tratando de entender cómo podía haber escapado de una forma tan misteriosa.

Me rompí la cabeza pensando en todas las posibilidades… ¿Se la habría quitado de alguna manera? ¿Se habría deslizado como un mago del escapismo? La verdad es que nunca lo supe.

Lo único claro es que la había puesto flojita, dejando ese espacio justo para que no le apretara la barriga, porque sé que es importante que la manta no esté demasiado ajustada. Pero aun así, parecía que Kronos había hecho un acto digno de Houdini.

Desde ese día, ese escape ingenioso le valió el apodo de «El gusano», porque solo un gusano podría haber pasado y salido de esa manta sin que nada se rompiera o desajustara.

Y aunque el misterio de cómo lo hizo sigue sin resolverse, cada vez que pienso en ese momento, me sonrío. Porque son esas historias breves las que colman de vida y diversión nuestro vínculo con los caballos, y llenan los días con asombro e incluso carcajadas.

Así es Kronos, mi gusano favorito, el maestro del escapismo y el que nunca dejará de sorprenderme.

Kronos y yo

Las mantas que cambian

Mis caballos rompen las mantas muy rápido; no hay una que dure demasiado. A veces me pregunto cómo puede ser, pero luego pienso que es porque están vivos, activos, libres. Cada manta que usan termina con marcas, desgarrones o manchas. No importa cuánto las cuide: poco a poco se van rompiendo, igual que pasa con tantas cosas que forman parte de nuestra vida diaria.

Pero justamente por eso, siempre hay una manta nueva esperando. El cuidado debe ser constante, y a veces hay que dejar ir lo viejo para poder dar lo mejor y permitir que llegue lo nuevo. He probado muchas marcas, modelos y colores, y también he aprendido a apreciar los pequeños instantes de vida que tienen estas mantas: trozos de tela, al fin y al cabo, pero un gran gesto de cuidado.

Hay que valorar las cosas y la función que cumplen. Me encanta sacarles fotos el primer día que las lucen. Al día siguiente, la manta ya estará sucia y no tendrá olor a nuevo; tendrá olor a caballo. Olor a cosas buenas, a momentos lindos, a cariño y nobleza… y también a suciedad, por supuesto. Pero ahí está la magia: lo nuevo y lo viejo, lo sucio que se puede limpiar, lo gastado que se puede renovar, el caballo que se deja cuidar y nosotros, que disfrutamos mimándolo. 

Las mantas buenas son caras, aunque duren poco. Sepa el lector que sería imposible fabricar mantas irrompibles para caballos, aunque todo buen propietario las sueñe en secreto. Sí, es solo un sueño, algo que nunca ocurrirá. Y no podría ser de otra manera: una manta debe poder romperse en caso de que el caballo se enganche en algún lugar o, revolcándose, necesite librarse de ella.

Por eso las mantas no son irrompibles. Por eso deben romperse, lavarse, frotarse. Es parte de nuestro deber frente a tan gentil animal. Sí, ya sé que es un trabajo pesado y que hay quien lo retrasa, pero debemos recordar que, si vamos a tener un caballo y mantas, debemos asumir una responsabilidad absoluta sobre su uso. Una manta sucia puede transmitir parásitos y polvo a nuestros caballos.

Por eso amamos las mantas: porque son trozos de tela que cuidan de nuestros caballos y que, a su vez, nosotros cuidamos. Aunque tengan detractores, los dejaremos opinar con total libertad. Todos sabemos que los caballos cambian el pelo en invierno y lo pierden en verano, pero existen mantas para múltiples funciones. Recuerdo cuando hice un curso sobre mantas; al final, poco recuerdo de sus contenidos, pero sí de mi propia experiencia con ellas.

Si queréis contarme vuestras historias sobre mantas y peludos equinos, no dejéis de hacerlo.

María Liliana Carolo