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Mi primera biblioteca

Durante mi infancia, mi biblioteca ocupaba toda la pared derecha de mi habitación. Era hermosa y me parecía inmensa, con los estantes superiores inaccesibles para mí. Contenía los libros de mi madre, supongo que también algunos de mi hermana mayor, y, con el tiempo, fueron llegando los míos: unos, obligatorios para las lecturas escolares; otros, regalos de cumpleaños o de fechas especiales. Siempre me gustó pedir libros de cuentos.

En el instituto tuve la suerte de cursar asignaturas de literatura, filosofía y psicología que, aunque a veces me resistía a leer, hoy agradezco profundamente haber conocido. Algunos títulos no resultaban muy alentadores —FuenteovejunaEl Cantar del Mio CidLas Serranillas…—, especialmente en plena adolescencia. Ni siquiera Platón, Aristóteles, Kant o Freud lograban entusiasmarme. Sin embargo, en medio de aquel popurrí, imposible de citar por completo, con el paso de los años aprendí a valorar cada lectura. De hecho, durante la carrera de Historia continué descubriendo libros extraordinarios. No en vano, aquí estoy.

Me gusta evocar esa biblioteca. Me encantaba colocar los libros aquí y allá, cambiarlos de lugar, ordenarlos e incluso jugar a ser bibliotecaria. No es extraño: la familia de mi padre estaba muy ligada a la literatura, sobre todo por Vicente Zito Lema —abogado, poeta, dramaturgo, periodista, filósofo y docente universitario—, cuya búsqueda de lo justo y lo bello se conectó, sin que yo lo buscara, con mis propios propósitos personales.

Si bien ya he mencionado que tengo raíces gallegas y que actualmente vivo en Galicia, en el pueblo familiar, también conservo, como todo argentino, un origen italiano por parte de mi padre. Él ya no está entre nosotros, al igual que Vicente, víctima de esa enfermedad que parece perseguirnos a todos y que hoy prefiero no nombrar.

Recuerdo también la antigua librería de Emilio Zito, situada en un punto de encuentro de intelectuales, escritores, periodistas, músicos y militantes sociales de Buenos Aires. Más tarde, mi abuela, María Rosa Zito, me envió los manuscritos de otro célebre miembro de la familia: Cayetano Oreste, compositor del tango Abuelita, ¿qué horas son?, interpretado por Floreal Ruiz, Libertad Lamarque y otras grandes figuras del tango argentino.

Con el tiempo, mi hermana pequeña también siguió el camino de la lengua y la literatura, probablemente influida por aquel hilo invisible que traían nuestros ancestros italianos, amantes del arte, la poesía y la belleza. Por aquellas vueltas de la vida, regresó a Italia, patria de nuestros antepasados, para ejercer esos dones y, quizá, para retribuir a esa nación su legado.

Hoy esa biblioteca ya no existe. Conservo algunos libros de entonces, que no sé cómo llegaron hasta aquí, quizá entre los equipajes. Pero guardo tantas páginas y portadas de aquella biblioteca que, aunque desaparecida, sigue viva en mis recuerdos, puesta en la melancolía de un rincón del corazón… como decía Cayetano Oreste en su viejo tango «Abuelita, ¿qué horas son?», al que me permito cambiarle una palabra y hacerlo mío también.

María Liliana Carolo
Bailarina profesional
Autor