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Caballo de batalla (película 2011)

La Gran Guerra, entre 1914 y 1918, fue un conflicto que hoy casi nadie recuerda con claridad. Dos bandos imperialistas de fortaleza militar bastante equilibrada se enfrentaron durante años, convirtiendo la contienda en una experiencia intensa y devastadora. Por fortuna o por desgracia, según se mire, Rusia no participó activamente en gran medida, inmersa en la Revolución Bolchevique, lo que alteró el curso de la guerra.

El enfrentamiento se caracterizó por largas campañas en trincheras, avances limitados y un armamento sumamente destructivo para la época, con gases y otras armas que hicieron de cada batalla un desafío inhumano. La igualdad de poderío entre los bandos transformó la guerra en un enfrentamiento prolongado y sangriento, donde el valor y la resistencia de soldados y animales eran puestos a prueba constantemente.

En medio de ese caos, caballos y soldados eran arrastrados a una lucha que muchos no comprendían y pocos recordarían. Caballo de batalla, de Steven Spielberg, nos hace pensar en esos protagonistas anónimos y muestra que, incluso en medio de la guerra, la humanidad puede dar señales de compasión y esperanza.

Una de las escenas que más me conmueven ocurre cuando el caballo protagonista queda atrapado en los alambres de púas, cerca de las trincheras, mientras intenta huir. Los soldados del bando aliado y del bando alemán-austrohúngaro deciden detenerse, no abrir fuego y colaborar para liberarlo. Esa secuencia me recuerda que la clemencia y la solidaridad pueden sobrevivir al desastre y la crueldad, y que hay valores que logran persistir incluso en medio de la barbarie.

caballo de batalla - war horse (2011)
Imagen: póster oficial de la película War Horse (Caballo de batalla), dirigida por Steven Spielberg. © DreamWorks / Disney / Amblin Entertainment.

Spielberg, con su mirada característica, nos atrapa en una historia de lealtad y valentía, donde los vínculos entre hombres y animales invitan a reflexionar sobre la dignidad que debería acompañar la memoria histórica.

Caballo de batalla no es solo un drama bélico; es una lección de empatía que quizás nos lleve a creer que la humanidad aún tiene sentido, incluso en momentos de desolación. Además, tiene un gran mérito haber realizado una película sobre la Primera Guerra Mundial —siempre eclipsada por la Segunda— y que el protagonista sea un caballo.

La película es de 2011, basada en el libro War Horse de Michael Morpurgo. Recomiendo a todo lector que no la haya visto que dedique un tiempo a contemplar el film y tomar conciencia de la sangre derramada hasta la fecha.

Y recuerde: los soldados suelen tener memoriales; los caballos, jamás.

Tráiler oficial de la película War Horse (Caballo de batalla), dirigida por Steven Spielberg. Fuente: YouTube / DreamWorks Pictures.

Mi primera biblioteca

Durante mi infancia, mi biblioteca ocupaba toda la pared derecha de mi habitación. Era hermosa y me parecía inmensa, con los estantes superiores inaccesibles para mí. Contenía los libros de mi madre, supongo que también algunos de mi hermana mayor, y, con el tiempo, fueron llegando los míos: unos, obligatorios para las lecturas escolares; otros, regalos de cumpleaños o de fechas especiales. Siempre me gustó pedir libros de cuentos.

En el instituto tuve la suerte de cursar asignaturas de literatura, filosofía y psicología que, aunque a veces me resistía a leer, hoy agradezco profundamente haber conocido. Algunos títulos no resultaban muy alentadores —FuenteovejunaEl Cantar del Mio CidLas Serranillas…—, especialmente en plena adolescencia. Ni siquiera Platón, Aristóteles, Kant o Freud lograban entusiasmarme. Sin embargo, en medio de aquel popurrí, imposible de citar por completo, con el paso de los años aprendí a valorar cada lectura. De hecho, durante la carrera de Historia continué descubriendo libros extraordinarios. No en vano, aquí estoy.

Me gusta evocar esa biblioteca. Me encantaba colocar los libros aquí y allá, cambiarlos de lugar, ordenarlos e incluso jugar a ser bibliotecaria. No es extraño: la familia de mi padre estaba muy ligada a la literatura, sobre todo por Vicente Zito Lema —abogado, poeta, dramaturgo, periodista, filósofo y docente universitario—, cuya búsqueda de lo justo y lo bello se conectó, sin que yo lo buscara, con mis propios propósitos personales.

Si bien ya he mencionado que tengo raíces gallegas y que actualmente vivo en Galicia, en el pueblo familiar, también conservo, como todo argentino, un origen italiano por parte de mi padre. Él ya no está entre nosotros, al igual que Vicente, víctima de esa enfermedad que parece perseguirnos a todos y que hoy prefiero no nombrar.

Recuerdo también la antigua librería de Emilio Zito, situada en un punto de encuentro de intelectuales, escritores, periodistas, músicos y militantes sociales de Buenos Aires. Más tarde, mi abuela, María Rosa Zito, me envió los manuscritos de otro célebre miembro de la familia: Cayetano Oreste, compositor del tango Abuelita, ¿qué horas son?, interpretado por Floreal Ruiz, Libertad Lamarque y otras grandes figuras del tango argentino.

Con el tiempo, mi hermana pequeña también siguió el camino de la lengua y la literatura, probablemente influida por aquel hilo invisible que traían nuestros ancestros italianos, amantes del arte, la poesía y la belleza. Por aquellas vueltas de la vida, regresó a Italia, patria de nuestros antepasados, para ejercer esos dones y, quizá, para retribuir a esa nación su legado.

Hoy esa biblioteca ya no existe. Conservo algunos libros de entonces, que no sé cómo llegaron hasta aquí, quizá entre los equipajes. Pero guardo tantas páginas y portadas de aquella biblioteca que, aunque desaparecida, sigue viva en mis recuerdos, puesta en la melancolía de un rincón del corazón… como decía Cayetano Oreste en su viejo tango «Abuelita, ¿qué horas son?», al que me permito cambiarle una palabra y hacerlo mío también.

María Liliana Carolo
Bailarina profesional
Autor 

Literatura comercial vs. literatura de calidad: un viraje peligroso para la cultura

En los últimos años, la literatura atraviesa un momento de cambio profundo y complejo. Las reglas del juego parecen estar siendo redefinidas, y la balanza que antes se inclinaba hacia la calidad literaria ahora parece ceder ante la influencia del éxito comercial y la popularidad en redes sociales. Este fenómeno, aunque natural en un mundo cada vez más conectado y digital, plantea serias preguntas sobre el futuro de la cultura y el arte de escribir.

1. El poder de los seguidores en redes sociales

Hoy en día, la cantidad de seguidores, likes y comentarios en plataformas digitales se ha convertido en una moneda de cambio decisiva para editoriales y autores. Y peor aún: para los grandes sellos que se supone que nos tienen que ofrecer calidad. A menudo, la visibilidad en redes sociales determina qué libros reciben más promoción y llegan a un mayor público, desplazando a veces el valor literario real de la obra. Esta dinámica puede premiar la popularidad efímera y no la profundidad o la innovación literaria.

2. Riesgos de convertir la literatura en un producto comercial

La tendencia a priorizar lo comercial lleva a que muchos libros se diseñen para ser consumidos rápidamente, apelando a modas pasajeras y evitando riesgos creativos. Esto puede conducir a una literatura superficial, que sacrifica la riqueza del lenguaje, la complejidad de los personajes y la capacidad de hacer reflexionar al lector. El peligro es que la literatura se convierta en un producto más, perdiendo su función cultural.

3. La responsabilidad de escritores y editoriales

A pesar de las presiones del mercado, los escritores y editores tienen una responsabilidad ineludible: preservar la integridad artística y cultural de sus obras. Apostar por la calidad no siempre es fácil ni rentable a corto plazo, pero es esencial para mantener viva la literatura como un espacio de reflexión, emoción y crecimiento. La valentía de desafiar al lector y proponer nuevas miradas es lo que identifica a la literatura que perdura.

4. Mi propio camino literario

Como escritora, he elegido caminar un sendero donde la honestidad están por encima del éxito inmediato. Mi escritura no busca solo entretener, sino conectar con el lector y ofrecerle algo valioso que permanezca más allá del momento. Sé que ese camino es más lento y menos visible, pero es el propósito. Resulta poco común escuchar a una bailarina decir que conversa con caballos…

5. La importancia de la sensibilidad del lector

La literatura no es solo responsabilidad de autores y editoriales; también depende del lector. Cultivar un gusto literario consciente, aprender a discernir la calidad, y leer con atención y apertura son gestiones fundamentales para sostener una circuito literario saludable. La lectura debe ser un acto enriquecedor, no un consumo rápido y superficial.

6. Editoriales de autopublicación y la mercantilización de la literatura

En el panorama actual también debemos mencionar la proliferación de editoriales conocidas como “vanity” o de autopublicación, que aprovechan la moda de escribir para ofrecer servicios de publicación a cualquier persona, independientemente de su nivel literario. Estas editoriales suelen garantizar una edición completa y corrección, incluso cuando la obra llega plagada de errores o sin la calidad mínima esperable.

Aunque esta apertura puede ser vista como una popularización del acceso a la publicación, también plantea un riesgo significativo: se está dando espacio a personas que, sin el rigor y la dedicación que exige la literatura, buscan beneficiarse económicamente o, en el peor de los casos, no consiguen vender ni un solo libro, pero sí sentir que han podido escribir uno. Esto contribuye a la saturación del mercado con productos de escaso valor, dificultando que obras auténticas y de calidad encuentren su lugar. Y además, la llegada masiva de manuscritos ralentiza las labores de las editoriales. 

Este fenómeno refleja cómo, en ocasiones, el afán de vanidad puede eclipsar el compromiso con la cultura y el arte, y subraya la importancia de mantener estándares rigurosos que protejan las bases y el prestigio de la literatura.

Que de vez en cuando leamos un libro simple y superficial está bien. ¿Por qué no? También leemos revistas de moda, cocina y otras aficiones. Pero…cuidado con convertir a un sello editorial en un kiosko de pasatiempos. 

7. Una reflexión desde la danza: ¿y si aplicáramos estos criterios en otras artes?

Como bailarina, docente y agente activo de la cultura durante más de cincuenta años, no puedo evitar preguntarme qué pasaría si en el mundo de la danza aplicáramos los mismos criterios que hoy rigen la literatura comercial.

¿Qué sería de las grandes compañías, e incluso de las pequeñas? ¿Cómo se sostendría la excelencia en teatros de ópera y escenarios que requieren rigor, disciplina y un compromiso artístico real?

Esta comparación invita a un anális necesario: la calidad, la dedicación y la pasión por el arte no pueden ser sacrificadas en aras de la popularidad o el beneficio económico inmediato de los editores. En todas las expresiones culturales, mantener altos estándares académicos es fundamental para preservar la autenticidad y el legado artístico que enriquece a la sociedad.

Para reflexionar…