Camina el polvo dorado
por la marisma dormida,
y entre juncos y campanas,
una silueta distinta.
No es alazán de batalla,
ni corcel de doma altiva:
es un poni, dulce y firme,
que en su andar lleva la vida.
La Virgen, desde su trono
de oro, silencio y rocío,
ha mirado entre la gente
al que pidió con suspiros:
«Cuida de ellos, Señora,
de mi pequeño bendito,
y de todos los que llevan
en su lomo este destino».
Y la Virgen —que no olvida—
respondió sin voz ni grito:
lo puso en el cartel,
como se alza un suspiro.
Para que el mundo supiera
que el amor sin exigencias,
también es oído en cielo,
y bendecido en esta Tierra.
María Liliana Carolo
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