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Quisiera ser poeta

Quisiera ser poeta para escribir de tus silencios las historias que guardas. Quisiera ser poeta para evocar los sueños que leo en tu mirada.

¿Qué tesoros custodian los poetas? ¿Qué caminos debo recorrer para encontrar su inspiración clara y trascendente?

No sé… quizá debería mirarte como lo haría un poeta y no como una danzarina. Quizá debería dejar de bailar al ritmo de tus cascos y escuchar su canción que me guíe hasta ese sendero.

Mientras tanto, escribo. Escribo para ti, bailo para ti y para mí.

¿Recuerdas la variación de Raymonda que tanto te gustaba? Cada vez que la escucho, me acuerdo de ti. Parecías entender cada uno de mis pasos. No dejabas de mirarme, igual que hago yo cuando me siento en un teatro.

Quisiera ser poeta para escribir los enigmas de un caballo, para leer su corazón, sus esperanzas, sus anhelos. Quisiera ser poeta, pero aprendí a bailar y a hablar sin palabras.

Tal vez, a tu lado, pueda encontrar ese rumbo misterioso; quién sabe si las hadas, una noche, me concedan ese don. Al fin y al cabo, las hadas son tus colegas y también las mías. Aunque parecen elegir tu presencia luminosa, por algún motivo que ignoro.

Yo también prefiero tu estampa brillante para bailar ante ella, y por si acaso, cuando llegue ese momento, tus ojos me guíen por esa senda milagrosa.

Entonces, ese día podré narrar con las palabras exactas la belleza de tu presencia y la virtud de tu alma.

A mi querido caballo: Kronos

El caballo viejo

Hay caballos que no necesitan nombre para ser grandes.

Un caballo viejo que fue fuerte y noble, que llevó muchas vidas sobre su lomo, y que ahora pasa sus días sin descanso, sin el cariño que merece.

No podemos cambiar lo que le pasa, ni buscar ayuda donde no hay puertas abiertas.

Solo podemos recordarlo con respeto y cariño, y desear que su alma encuentre paz.

Este post es para él.

Los caballos educados

Eso era lo que parecían, y en parte lo eran. Pero eran caballos, muy traviesos, y yo, les dejaba ser. Ellos me conocían.

Jugábamos, corríamos, usábamos juguetes, libros, todo lo que el lector pueda imaginar. Eran adorables, cariñosos, incluso a veces un poquito descarados, pero sí, mis caballos eran caballos muy educados.

Jamás tuve que correrlos por el prado para ponerles la cabezada y meterlos en el establo. Nada de eso. Cuando llegaba la hora de entrar, se acercaban a la puerta y con ansias bajaban la cabeza para que yo les pusiera la cabezada.

Admito que mi establo era perfecto: cómodo, luminoso, limpio, con paja, agua fresca, hierba y todo lo que un caballo puede soñar. Así que era bastante obvio que tenían ganas de entrar.

Un caballo que no quiere entrar a la cuadra es motivo para preguntarse qué se está haciendo mal, pero afortunadamente ese no era mi caso.

Ahora bien, eran muy pícaros y siempre estaban haciendo alguna travesura. Todo lo que veían, lo tumbaban con sus narices, rompían mantas, rompían sillas, jugaban con cualquier cosa que se pusiera en su camino.

Pero cuando llegaba el veterinario, el dentista o el herrador, parecían los caballos más educados del mundo. Se quedaban quietos, no pateaban, no mordían, e incluso parecían recibir con amabilidad a los doctores y al herrador.

La gente me decía: «¡Qué caballos tan educados!»
Sí… jejeje, eran un dechado de virtudes.

La cosa cambiaba en cuanto se iban los veterinarios o el herrador. Ahí empezaba la diversión de nuevo: a tirar todo con las narices, a correr, a dar vueltas y a jugar como lo hace un joven caballo.

Se transformaban de un instante a otro, qué listos. Simplemente les tenían respeto —o miedo— por la autoridad que ellos representan frente a los caballos. Pero bastaba que se fueran para que empezaran las diabluras otra vez.

Qué hermosos recuerdos… Cuánta dulzura han dejado en mi corazón, en mi jardín,  y en mi memoria. 

Los caballos educados. Quizás no eran los más educados, pero sí los más felices y los más queridos.