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La importancia del vínculo con el caballo: más allá del cuidado físico

En el mundo de los caballos hay muchas cosas que deben estudiarse, aprenderse y comprenderse a través de la lectura, la observación y la enseñanza de grandes maestros. Eso es innegable. Pretender entender sin estudiar sería como querer leer un libro sin haberlo abierto nunca.

Pero más allá de esa obligación de aprender, la experiencia resulta fundamental. Cuando llegaron mis caballos a mi vida, era también la primera vez que tenía caballos en mi propio establo. No los había tenido antes bajo mi cuidado; ya había vivido frente a un hipódromo y crecido viéndolos constantemente. Aun así, por algún motivo que desconozco —tal vez un instinto, la educación recibida o una especie de gracia— siempre creí que todo caballo era bueno. En mi mente no cabía la idea de que existiera un caballo «malo».

Esa creencia me acompañó durante toda mi vida. Era algo que daba por hecho, sin justificaciones.

El día que llegó mi caballo, Kronos, después de circunstancias complicadas para él, seguía pensando de la misma manera: todos los caballos eran buenos, sin excepción. Y, de alguna manera, él acató mi punto de vista de inmediato. Me concedió la primera victoria sin objeciones. Eso, aunque sencillo, marcó el inicio de nuestra relación. Pensé que sería fácil establecer un vínculo, pero pronto comprendí que no siempre lo es. Para muchas personas, incluso tareas simples pueden resultar difíciles, no por falta de capacidad, sino por los prejuicios que cargan sobre el comportamiento equino.

Nuestra vida juntos se desarrolló con armonía, aunque no sin esfuerzo. Tuve que estudiar, informarme, leer y escuchar a personas con experiencia, para comprender lo que ya intuía: mi forma de pensar me había ayudado en gran medida.

No es un secreto: los caballos perciben nuestras intenciones y emociones. Pero, para que esa percepción funcione, uno debe ser sincero consigo mismo. Ser sincero con uno mismo es serlo también con el caballo.

Quizá la receptividad que tenemos los artistas facilita el vínculo, aunque no es infalible ni aplicable a todos. Siento que tuve la suerte de contar con esa creencia y, sobre todo, la fortuna de cruzarme con ese caballo que me acompañó en mi camino, que pudo confiar sin miedo y aceptar mis corazonadas sin resistirse. Gracias, amigo, por tu lealtad y por hacer de mí una persona segura de sus convicciones.

María Liliana Carolo
Bailarina profesional
Autor 

Kronos y yo

Caballo de batalla (película 2011)

La Gran Guerra, entre 1914 y 1918, fue un conflicto que hoy casi nadie recuerda con claridad. Dos bandos imperialistas de fortaleza militar bastante equilibrada se enfrentaron durante años, convirtiendo la contienda en una experiencia intensa y devastadora. Por fortuna o por desgracia, según se mire, Rusia no participó activamente en gran medida, inmersa en la Revolución Bolchevique, lo que alteró el curso de la guerra.

El enfrentamiento se caracterizó por largas campañas en trincheras, avances limitados y un armamento sumamente destructivo para la época, con gases y otras armas que hicieron de cada batalla un desafío inhumano. La igualdad de poderío entre los bandos transformó la guerra en un enfrentamiento prolongado y sangriento, donde el valor y la resistencia de soldados y animales eran puestos a prueba constantemente.

En medio de ese caos, caballos y soldados eran arrastrados a una lucha que muchos no comprendían y pocos recordarían. Caballo de batalla, de Steven Spielberg, nos hace pensar en esos protagonistas anónimos y muestra que, incluso en medio de la guerra, la humanidad puede dar señales de compasión y esperanza.

Una de las escenas que más me conmueven ocurre cuando el caballo protagonista queda atrapado en los alambres de púas, cerca de las trincheras, mientras intenta huir. Los soldados del bando aliado y del bando alemán-austrohúngaro deciden detenerse, no abrir fuego y colaborar para liberarlo. Esa secuencia me recuerda que la clemencia y la solidaridad pueden sobrevivir al desastre y la crueldad, y que hay valores que logran persistir incluso en medio de la barbarie.

caballo de batalla - war horse (2011)
Imagen: póster oficial de la película War Horse (Caballo de batalla), dirigida por Steven Spielberg. © DreamWorks / Disney / Amblin Entertainment.

Spielberg, con su mirada característica, nos atrapa en una historia de lealtad y valentía, donde los vínculos entre hombres y animales invitan a reflexionar sobre la dignidad que debería acompañar la memoria histórica.

Caballo de batalla no es solo un drama bélico; es una lección de empatía que quizás nos lleve a creer que la humanidad aún tiene sentido, incluso en momentos de desolación. Además, tiene un gran mérito haber realizado una película sobre la Primera Guerra Mundial —siempre eclipsada por la Segunda— y que el protagonista sea un caballo.

La película es de 2011, basada en el libro War Horse de Michael Morpurgo. Recomiendo a todo lector que no la haya visto que dedique un tiempo a contemplar el film y tomar conciencia de la sangre derramada hasta la fecha.

Y recuerde: los soldados suelen tener memoriales; los caballos, jamás.

Tráiler oficial de la película War Horse (Caballo de batalla), dirigida por Steven Spielberg. Fuente: YouTube / DreamWorks Pictures.

El Zorro y Tornado: inolvidables de mi niñez

Cuando era niña, tuve la suerte de vivir un momento que marcó mi infancia para siempre: ver en vivo a Guy Williams, el actor que protagonizó al auténtico Zorro.
Mi padre me llevó al circo de El Zorro en Mar del Plata, a principios de la década de los setenta. Aunque esperaba muy especialmente ver también a Tornado, su corcel, solo vi un hermoso caballo negro argentino que, para mí, era el mismísimo Tornado.

Recuerdo con cariño cómo Guy Williams apareció en la penumbra, montando en ese caballo legendario. Esa escena fue épica y grandiosa; un instante que conservo grabado en mi memoria. Si bien Tornado, el caballo original de las películas, Diamond Decorator, no era el que yo vi aquel día, mi padre no quiso romper la magia y dejó que yo siguiera creyendo que estaba frente al mítico caballo.

En las secuencias más peligrosas de aquella producción, el doble del actor se encargaba de las hazañas. Aunque Guy Williams también montaba a caballo y era un gran esgrimista. A pesar de estas dificultades, la saga televisiva logró capturar las proezas y el heroísmo sin los efectos especiales de la actualidad, confiando en la valentía y el talento de sus actores y animales.

Guy Williams, nuestro querido Zorro, encontró en Argentina un lugar que lo recibió con afecto. Desde su llegada en 1973 se sintió conectado con la cultura, la gente y el espíritu del país. Decidió vivir allí hasta el final de su vida, haciendo de Argentina su tierra adoptiva y encontrando en ella un hogar que lo acogió plenamente. Por eso digo «nuestro», porque el Zorro no es solo un personaje de Disney, sino que ya forma parte de todos nosotros.

Para mí, ese recuerdo del circo, esas escenas que recrearon la serie, el encuentro entrañable con Guy Williams y la ilusión de ver a Tornado son un tesoro que sigue emocionándome y que quiero compartir hoy en este espacio.

Si también creciste con un héroe enmascarado, déjamelo saber en los comentarios.
Gracias por acompañarme y por compartir conmigo este recuerdo de mi niñez.

El caballero de la alegre figura

De repente, se abrió la puerta y él apareció. Pequeño, curioso, inquieto y desenvuelto observaba a Kronos con mirada atenta. Miky, mi poni, salió del establo con un trote alegre, deseoso de conocer al recién llegado. Aún era un potro, pequeño pero valiente de espíritu —hasta hoy. La imponente presencia del caballo no lo inquietó; al contrario, le resultó divertido encontrarse con él. Quién sabe si alguna vez había visto caballos de cerca; él venía de un criador de ponis, y todo le resultaba nuevo y entretenido.

Tu feliz apariencia hizo más amables nuestros días, más amenas nuestras charlas y más apacibles las noches. ¿Qué habría sido del establo sin tu presencia mansa? ¿Qué habrían sido aquellas madrugadas sin tu compañía paciente?

Las horas oscuras del invierno se volvían más cálidas con tu carácter vivaz y tus pasos ligeros. Qué fortuna que llegaste. Qué dicha haber podido elegirte y que hayas aceptado que seamos tu familia.

Me encanta tu andar y a Kronos también le gusta; siempre va detrás de ti. Y yo, intentando vislumbrar cómo adueñarme un poquito de tu gracia infantil. Así viven mis sueños: en tus crines largas, en tu nariz suave, redonda y melosa.

Atento, noble, juguetón y de corazón fuerte…
Mis ilusiones de niña permanecen contigo a salvo, y aunque algún día la memoria me fallara, nunca podría olvidar tu pelito esponjoso ni tus orejas risueñas. Mi querido y dulce pony: el caballero de la tierna y alegre figura.

Miky poni

Quisiera ser poeta

Quisiera ser poeta para escribir de tus silencios las historias que guardas. Quisiera ser poeta para evocar los sueños que leo en tu mirada.

¿Qué tesoros custodian los poetas? ¿Qué caminos debo recorrer para encontrar su inspiración clara y trascendente?

No sé… quizá debería mirarte como lo haría un poeta y no como una danzarina. Quizá debería dejar de bailar al ritmo de tus cascos y escuchar su canción que me guíe hasta ese sendero.

Mientras tanto, escribo. Escribo para ti, bailo para ti y para mí.

¿Recuerdas la variación de Raymonda que tanto te gustaba? Cada vez que la escucho, me acuerdo de ti. Parecías entender cada uno de mis pasos. No dejabas de mirarme, igual que hago yo cuando me siento en un teatro.

Quisiera ser poeta para escribir los enigmas de un caballo, para leer su corazón, sus esperanzas, sus anhelos. Quisiera ser poeta, pero aprendí a bailar y a hablar sin palabras.

Tal vez, a tu lado, pueda encontrar ese rumbo misterioso; quién sabe si las hadas, una noche, me concedan ese don. Al fin y al cabo, las hadas son tus colegas y también las mías. Aunque parecen elegir tu presencia luminosa, por algún motivo que ignoro.

Yo también prefiero tu estampa brillante para bailar ante ella, y por si acaso, cuando llegue ese momento, tus ojos me guíen por esa senda milagrosa.

Entonces, ese día podré narrar con las palabras exactas la belleza de tu presencia y la virtud de tu alma.

A mi querido caballo: Kronos

Cómo nació el libro de «El poni celoso»: una historia que llegó al corazón de millones

A veces, las historias más bonitas surgen de los momentos más simples e inesperados.
Eso fue exactamente lo que pasó con El poni celoso, un cuento que nació de una escena cotidiana con mis caballos y que, sorprendentemente, llegó a millones de personas en todo el mundo.

Todo comenzó en 2021, con un vídeo muy sencillo que publiqué en una red social. En este, le colocaba una manta nueva a mi caballo. Lo que no imaginaba era que ese instante se convertiría en viral. El poni, sintiéndose desplazado, se puso celoso e intentó patear al otro caballo.

Allí estaba yo, hablándole -como si pudiera entenderme-, explicándole que no era momento de celos, sino de paciencia, porque todavía no hacía suficiente frío para que él usara una manta. Esa espontaneidad cautivó a millones de corazones. El vídeo se vio en televisiones de Latinoamérica y Estados Unidos, y llegó a ser número uno en Francia, viralizándose por todo el mundo. Quién sabe a cuántos millones llegó. Nunca imaginé que un circunstancia tan corriente para mí pudiera conectar con tanta gente. Y mucho menos tratándose de caballos, cuando los vídeos de gatos y perros son los que dominan Internet.

Inspirada por esa conexión con mis caballos y por los sentimientos universales que reflejaba esa escena, decidí crear un libro infantil que inmortalizara la historia. Quise darle vida en papel, para que las familias pudieran disfrutarla y aprender sobre los celos, la amistad y el valor de estar juntos.

Aunque El poni celoso es un libro autopublicado, fue realizado con mucho cuidado. Fue corregido por expertos, y las ilustraciones, obra de un profesional, le dieron vida y color a esta historia tan especial. No quería enfrentarme al trajín de una editorial; deseaba que el libro llegara cuanto antes a las manos de quienes quisieran leerlo. Para mí, este libro es un puente que lleva a mis caballos a cada hogar: una invitación a conocer y sentir lo que ellos viven, a través de una historia cercana y llena de ternura.

Te invito a descubrir El poni celoso y a compartirlo con quienes quieras. Es un relato para toda la familia, nacido de la vida real y de la magia de lo cotidiano. Y, sobre todo, es una forma de revivir las historias de caballos, tan olvidadas en un mundo literario que parece buscar lo fácil, lo efímero y lo instantáneo.

Si te ha gustado esta historia y quieres conocer más sobre El poni celoso y sus aventuras, puedes encontrar el libro en Amazon y en Google Play. Es una historia familiar, con ilustraciones cuidadas y un mensaje universal contado a través de dos equinos.

Aquí te dejo el enlace para que descubras la historia y lleves un pedacito de mis caballos a tu casa: Click aquí

El poni celoso
El poni celoso, María Liliana Carolo

El caballo viejo

Hay caballos que no necesitan nombre para ser grandes.

Un caballo viejo que fue fuerte y noble, que llevó muchas vidas sobre su lomo, y que ahora pasa sus días sin descanso, sin el cariño que merece.

No podemos cambiar lo que le pasa, ni buscar ayuda donde no hay puertas abiertas.

Solo podemos recordarlo con respeto y cariño, y desear que su alma encuentre paz.

Este post es para él.

Los caballos educados

Eso era lo que parecían, y en parte lo eran. Pero eran caballos, muy traviesos, y yo, les dejaba ser. Ellos me conocían.

Jugábamos, corríamos, usábamos juguetes, libros, todo lo que el lector pueda imaginar. Eran adorables, cariñosos, incluso a veces un poquito descarados, pero sí, mis caballos eran caballos muy educados.

Jamás tuve que correrlos por el prado para ponerles la cabezada y meterlos en el establo. Nada de eso. Cuando llegaba la hora de entrar, se acercaban a la puerta y con ansias bajaban la cabeza para que yo les pusiera la cabezada.

Admito que mi establo era perfecto: cómodo, luminoso, limpio, con paja, agua fresca, hierba y todo lo que un caballo puede soñar. Así que era bastante obvio que tenían ganas de entrar.

Un caballo que no quiere entrar a la cuadra es motivo para preguntarse qué se está haciendo mal, pero afortunadamente ese no era mi caso.

Ahora bien, eran muy pícaros y siempre estaban haciendo alguna travesura. Todo lo que veían, lo tumbaban con sus narices, rompían mantas, rompían sillas, jugaban con cualquier cosa que se pusiera en su camino.

Pero cuando llegaba el veterinario, el dentista o el herrador, parecían los caballos más educados del mundo. Se quedaban quietos, no pateaban, no mordían, e incluso parecían recibir con amabilidad a los doctores y al herrador.

La gente me decía: «¡Qué caballos tan educados!»
Sí… jejeje, eran un dechado de virtudes.

La cosa cambiaba en cuanto se iban los veterinarios o el herrador. Ahí empezaba la diversión de nuevo: a tirar todo con las narices, a correr, a dar vueltas y a jugar como lo hace un joven caballo.

Se transformaban de un instante a otro, qué listos. Simplemente les tenían respeto —o miedo— por la autoridad que ellos representan frente a los caballos. Pero bastaba que se fueran para que empezaran las diabluras otra vez.

Qué hermosos recuerdos… Cuánta dulzura han dejado en mi corazón, en mi jardín,  y en mi memoria. 

Los caballos educados. Quizás no eran los más educados, pero sí los más felices y los más queridos. 

El gusano

Hay momentos con los caballos que quedan grabados en el corazón para siempre, esas anécdotas que parecen simples pero guardan toda la magia de su personalidad. Quiero contarles la historia de cómo mi querido Kronos se ganó un apodo muy especial: El gusano.

Todo comenzó cuando le compré una manta nueva, de color negro, un tono que le favorece bastante. Bueno, en realidad, todos los colores le quedan de cine. Era una de esas mantas que imaginas que le quedarán perfectas y lo protegerán con eficacia. Llevaba conmigo la ilusión de ponerle algo nuevo y cómodo. Así que fui corriendo a abrigarlo y, con cuidado, le coloqué la manta. Cerré bien las trabillas delanteras, los cinchuelos de la barriga y los traseros. Quedó impecable, sin un solo doblez ni tirantez incómoda.

Después, me fui al establo un momento y dejé a Kronos en el prado. Cuando volví, la sorpresa fue mayúscula: allí estaba él, completamente fuera de la manta.

Lo más extraño de todo es que la manta estaba intacta, sin ningún desgarro ni daño. Las trabillas seguían perfectamente cerradas. Me quedé mirándola, tratando de entender cómo podía haber escapado de una forma tan misteriosa.

Me rompí la cabeza pensando en todas las posibilidades… ¿Se la habría quitado de alguna manera? ¿Se habría deslizado como un mago del escapismo? La verdad es que nunca lo supe.

Lo único claro es que la había puesto flojita, dejando ese espacio justo para que no le apretara la barriga, porque sé que es importante que la manta no esté demasiado ajustada. Pero aun así, parecía que Kronos había hecho un acto digno de Houdini.

Desde ese día, ese escape ingenioso le valió el apodo de «El gusano», porque solo un gusano podría haber pasado y salido de esa manta sin que nada se rompiera o desajustara.

Y aunque el misterio de cómo lo hizo sigue sin resolverse, cada vez que pienso en ese momento, me sonrío. Porque son esas historias breves las que colman de vida y diversión nuestro vínculo con los caballos, y llenan los días con asombro e incluso carcajadas.

Así es Kronos, mi gusano favorito, el maestro del escapismo y el que nunca dejará de sorprenderme.

Kronos y yo

Del escenario al establo: la paciencia

La paciencia es una virtud que muchas veces se menciona, pero pocas se entiende en toda su profundidad. En mi vida, dos pasiones muy distintas —el ballet y el cuidado de los caballos— me han mostrado que la paciencia no solo es necesaria, sino también una herramienta esencial para crecer, superar obstáculos y encontrar belleza en el proceso.

En el ballet, la paciencia forma parte del entrenamiento diario. Aprender un nuevo paso o perfeccionar un movimiento puede tomar semanas, meses e incluso años. Más bien años. Cada posición, cada gesto requiere tiempo para dominarse, y la frustración suele ser parte del camino. Sin embargo, la paciencia me ha enseñado a respetar mi cuerpo, a escuchar sus señales y a entender que el progreso real viene de la constancia, de repetir los patrones que están bien y hacen bien.

Por otro lado, los caballos me han mostrado una paciencia diferente, basada en la empatía y el respeto. También me han demostrado que todo lleva tiempo. Cada caballo tiene su propio ritmo, sus miedos y sus tiempos para confiar. Para ganar su amistad y construir un vínculo sincero no hay atajos: solo dedicación diaria, calma y escucha. La paciencia, en este caso, se traduce en saber esperar, en no forzar ni apresurar, sino en acompañar y entender. Y también, como en la danza, en perseverar.

Lo que ambas experiencias tienen en común es que la paciencia no es pasividad, sino una actitud activa de presencia y compromiso. Me han enseñado que en la espera también hay aprendizaje, y que respetar los tiempos propios y ajenos es fundamental para cualquier tipo de crecimiento y progresión. 

En un mundo desbocado y ansioso, donde todo parece urgente, ser bailarina y amante de los caballos me recuerda que lo valioso se construye con calma, dedicación y al mismo con afán de superación.

La paciencia es como un adagio que se aprende poco a poco y se siente como un bailecito lento y cuidadoso junto a la compañía generosa de un caballo.