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Quisiera ser poeta

Quisiera ser poeta para escribir de tus silencios las historias que guardas. Quisiera ser poeta para evocar los sueños que leo en tu mirada.

¿Qué tesoros custodian los poetas? ¿Qué caminos debo recorrer para encontrar su inspiración clara y trascendente?

No sé… quizá debería mirarte como lo haría un poeta y no como una danzarina. Quizá debería dejar de bailar al ritmo de tus cascos y escuchar su canción que me guíe hasta ese sendero.

Mientras tanto, escribo. Escribo para ti, bailo para ti y para mí.

¿Recuerdas la variación de Raymonda que tanto te gustaba? Cada vez que la escucho, me acuerdo de ti. Parecías entender cada uno de mis pasos. No dejabas de mirarme, igual que hago yo cuando me siento en un teatro.

Quisiera ser poeta para escribir los enigmas de un caballo, para leer su corazón, sus esperanzas, sus anhelos. Quisiera ser poeta, pero aprendí a bailar y a hablar sin palabras.

Tal vez, a tu lado, pueda encontrar ese rumbo misterioso; quién sabe si las hadas, una noche, me concedan ese don. Al fin y al cabo, las hadas son tus colegas y también las mías. Aunque parecen elegir tu presencia luminosa, por algún motivo que ignoro.

Yo también prefiero tu estampa brillante para bailar ante ella, y por si acaso, cuando llegue ese momento, tus ojos me guíen por esa senda milagrosa.

Entonces, ese día podré narrar con las palabras exactas la belleza de tu presencia y la virtud de tu alma.

A mi querido caballo: Kronos

Del escenario al establo: la paciencia

La paciencia es una virtud que muchas veces se menciona, pero pocas se entiende en toda su profundidad. En mi vida, dos pasiones muy distintas —el ballet y el cuidado de los caballos— me han mostrado que la paciencia no solo es necesaria, sino también una herramienta esencial para crecer, superar obstáculos y encontrar belleza en el proceso.

En el ballet, la paciencia forma parte del entrenamiento diario. Aprender un nuevo paso o perfeccionar un movimiento puede tomar semanas, meses e incluso años. Más bien años. Cada posición, cada gesto requiere tiempo para dominarse, y la frustración suele ser parte del camino. Sin embargo, la paciencia me ha enseñado a respetar mi cuerpo, a escuchar sus señales y a entender que el progreso real viene de la constancia, de repetir los patrones que están bien y hacen bien.

Por otro lado, los caballos me han mostrado una paciencia diferente, basada en la empatía y el respeto. También me han demostrado que todo lleva tiempo. Cada caballo tiene su propio ritmo, sus miedos y sus tiempos para confiar. Para ganar su amistad y construir un vínculo sincero no hay atajos: solo dedicación diaria, calma y escucha. La paciencia, en este caso, se traduce en saber esperar, en no forzar ni apresurar, sino en acompañar y entender. Y también, como en la danza, en perseverar.

Lo que ambas experiencias tienen en común es que la paciencia no es pasividad, sino una actitud activa de presencia y compromiso. Me han enseñado que en la espera también hay aprendizaje, y que respetar los tiempos propios y ajenos es fundamental para cualquier tipo de crecimiento y progresión. 

En un mundo desbocado y ansioso, donde todo parece urgente, ser bailarina y amante de los caballos me recuerda que lo valioso se construye con calma, dedicación y al mismo con afán de superación.

La paciencia es como un adagio que se aprende poco a poco y se siente como un bailecito lento y cuidadoso junto a la compañía generosa de un caballo.