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El encuentro con Platero

Cuando cumplí once años —creo que once— llegó a mi biblioteca Platero y yo, de Juan Ramón Jiménez. Tengo que decir que ese ejemplar aún lo conservo y lo sigo leyendo, aunque apenas leí los primeros capítulos durante mi niñez. Mi hermana mayor, que ya lo había leído —probablemente en el colegio—, tuvo el impulso de decirme: «El burrito se muere al final del libro».

Evidentemente, no sé si ella se deleitó haciendo ese spoiler, pero al menos su lengua suelta me protegió: evitó que leyera el libro hasta que estuviera preparada para aceptar que el burrito iba a morir.

Y así pasaron los años, hasta que finalmente asumí que Platero moriría irremediablemente. Entonces lo leí. Una vez, dos, tres, quizás cincuenta. Y cada vez que lo releo, descubro una perspectiva diferente, un hallazgo inesperado, una reflexión, algún párrafo de don Juan Ramón que me sorprende y me conmueve.

Ya no le temo a la muerte de Platero. Es una muerte poética, exquisita, escrita con una prosa impecable. Aprendí a convivir con ella, a leerla una y otra vez, y a disfrutar de esa narrativa que convierte la muerte en algo armonioso y sublime, con las palabras exactas.

Platero no existió realmente en la vida de Juan Ramón Jiménez, pero sí existe especialmente en la vida de muchos, sobre todo de aquellos que nos dedicamos a conversar con equinos.

María Liliana Carolo
Bailarina profesional
Autor 

«Si algún día me ves asomarme al pozo, no creas que quiero matarme, Platero. Es que quiero ver las estrellas.»

Juan Ramón Jiménez, Platero y yo

Quisiera ser poeta

Quisiera ser poeta para escribir de tus silencios las historias que guardas. Quisiera ser poeta para evocar los sueños que leo en tu mirada.

¿Qué tesoros custodian los poetas? ¿Qué caminos debo recorrer para encontrar su inspiración clara y trascendente?

No sé… quizá debería mirarte como lo haría un poeta y no como una danzarina. Quizá debería dejar de bailar al ritmo de tus cascos y escuchar su canción que me guíe hasta ese sendero.

Mientras tanto, escribo. Escribo para ti, bailo para ti y para mí.

¿Recuerdas la variación de Raymonda que tanto te gustaba? Cada vez que la escucho, me acuerdo de ti. Parecías entender cada uno de mis pasos. No dejabas de mirarme, igual que hago yo cuando me siento en un teatro.

Quisiera ser poeta para escribir los enigmas de un caballo, para leer su corazón, sus esperanzas, sus anhelos. Quisiera ser poeta, pero aprendí a bailar y a hablar sin palabras.

Tal vez, a tu lado, pueda encontrar ese rumbo misterioso; quién sabe si las hadas, una noche, me concedan ese don. Al fin y al cabo, las hadas son tus colegas y también las mías. Aunque parecen elegir tu presencia luminosa, por algún motivo que ignoro.

Yo también prefiero tu estampa brillante para bailar ante ella, y por si acaso, cuando llegue ese momento, tus ojos me guíen por esa senda milagrosa.

Entonces, ese día podré narrar con las palabras exactas la belleza de tu presencia y la virtud de tu alma.

A mi querido caballo: Kronos

El caballo viejo

Hay caballos que no necesitan nombre para ser grandes.

Un caballo viejo que fue fuerte y noble, que llevó muchas vidas sobre su lomo, y que ahora pasa sus días sin descanso, sin el cariño que merece.

No podemos cambiar lo que le pasa, ni buscar ayuda donde no hay puertas abiertas.

Solo podemos recordarlo con respeto y cariño, y desear que su alma encuentre paz.

Este post es para él.

Los caballos educados

Eso era lo que parecían, y en parte lo eran. Pero eran caballos, muy traviesos, y yo, les dejaba ser. Ellos me conocían.

Jugábamos, corríamos, usábamos juguetes, libros, todo lo que el lector pueda imaginar. Eran adorables, cariñosos, incluso a veces un poquito descarados, pero sí, mis caballos eran caballos muy educados.

Jamás tuve que correrlos por el prado para ponerles la cabezada y meterlos en el establo. Nada de eso. Cuando llegaba la hora de entrar, se acercaban a la puerta y con ansias bajaban la cabeza para que yo les pusiera la cabezada.

Admito que mi establo era perfecto: cómodo, luminoso, limpio, con paja, agua fresca, hierba y todo lo que un caballo puede soñar. Así que era bastante obvio que tenían ganas de entrar.

Un caballo que no quiere entrar a la cuadra es motivo para preguntarse qué se está haciendo mal, pero afortunadamente ese no era mi caso.

Ahora bien, eran muy pícaros y siempre estaban haciendo alguna travesura. Todo lo que veían, lo tumbaban con sus narices, rompían mantas, rompían sillas, jugaban con cualquier cosa que se pusiera en su camino.

Pero cuando llegaba el veterinario, el dentista o el herrador, parecían los caballos más educados del mundo. Se quedaban quietos, no pateaban, no mordían, e incluso parecían recibir con amabilidad a los doctores y al herrador.

La gente me decía: «¡Qué caballos tan educados!»
Sí… jejeje, eran un dechado de virtudes.

La cosa cambiaba en cuanto se iban los veterinarios o el herrador. Ahí empezaba la diversión de nuevo: a tirar todo con las narices, a correr, a dar vueltas y a jugar como lo hace un joven caballo.

Se transformaban de un instante a otro, qué listos. Simplemente les tenían respeto —o miedo— por la autoridad que ellos representan frente a los caballos. Pero bastaba que se fueran para que empezaran las diabluras otra vez.

Qué hermosos recuerdos… Cuánta dulzura han dejado en mi corazón, en mi jardín,  y en mi memoria. 

Los caballos educados. Quizás no eran los más educados, pero sí los más felices y los más queridos. 

El gusano

Hay momentos con los caballos que quedan grabados en el corazón para siempre, esas anécdotas que parecen simples pero guardan toda la magia de su personalidad. Quiero contarles la historia de cómo mi querido Kronos se ganó un apodo muy especial: El gusano.

Todo comenzó cuando le compré una manta nueva, de color negro, un tono que le favorece bastante. Bueno, en realidad, todos los colores le quedan de cine. Era una de esas mantas que imaginas que le quedarán perfectas y lo protegerán con eficacia. Llevaba conmigo la ilusión de ponerle algo nuevo y cómodo. Así que fui corriendo a abrigarlo y, con cuidado, le coloqué la manta. Cerré bien las trabillas delanteras, los cinchuelos de la barriga y los traseros. Quedó impecable, sin un solo doblez ni tirantez incómoda.

Después, me fui al establo un momento y dejé a Kronos en el prado. Cuando volví, la sorpresa fue mayúscula: allí estaba él, completamente fuera de la manta.

Lo más extraño de todo es que la manta estaba intacta, sin ningún desgarro ni daño. Las trabillas seguían perfectamente cerradas. Me quedé mirándola, tratando de entender cómo podía haber escapado de una forma tan misteriosa.

Me rompí la cabeza pensando en todas las posibilidades… ¿Se la habría quitado de alguna manera? ¿Se habría deslizado como un mago del escapismo? La verdad es que nunca lo supe.

Lo único claro es que la había puesto flojita, dejando ese espacio justo para que no le apretara la barriga, porque sé que es importante que la manta no esté demasiado ajustada. Pero aun así, parecía que Kronos había hecho un acto digno de Houdini.

Desde ese día, ese escape ingenioso le valió el apodo de «El gusano», porque solo un gusano podría haber pasado y salido de esa manta sin que nada se rompiera o desajustara.

Y aunque el misterio de cómo lo hizo sigue sin resolverse, cada vez que pienso en ese momento, me sonrío. Porque son esas historias breves las que colman de vida y diversión nuestro vínculo con los caballos, y llenan los días con asombro e incluso carcajadas.

Así es Kronos, mi gusano favorito, el maestro del escapismo y el que nunca dejará de sorprenderme.

Kronos y yo

Las hadas

Mi hermoso Kronos, ¿por dónde se acercan a ti las hadas mientras yo duermo?
Las únicas hadas que conozco son las sílfides de Fokine, y no creo que existan otras. ¡Si Chopin supiera quiénes danzan al ritmo de sus partituras! Si comprendiera que sus preludios y nocturnos ya no son solo melodías de un pianista de salón.
Kronos, dime, ¿puedes oír las notas de Chopin como yo las oigo? ¿Ves tú a las hadas como yo las veo?
No sé, mi noble amigo, si las sílfides se enamoran de los poetas o si prefieren tus crines rojas y tu andar sereno. Tal vez ellas, como yo, no puedan resistirse a tu belleza y revolotean a tu lado porque encuentran en ti esa poesía ideal que las hace por siempre sublimes y eternas.

María Liliana Carolo
Bailarina profesional
Autor