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No logré salir a escena

Las sílfides eligieron tu paleta. Lo sé de primera mano, porque las conozco bien y sé cómo trabajan. Despiertan al caer la noche, mecidas por los acordes de Chopin, y mientras danzan para el delirio de algún poeta, despliegan sus alas empolvadas y dan paso a la magia. Así te moldearon a su antojo: con infinita ternura, dedos delicados y pies en punta que jamás conocen el cansancio ni el dolor. Ellas te colmaron de encanto, retratándote desde su propio idilio con lo bello; maestras de lo sutil, del silencio y de esa gracia etérea que las distingue.

Sé que las contemplabas igual que yo. O quizá mejor, porque conocías los bosques y las praderas como nadie. Aquellas criaturas te enseñaron la libertad del niño, el brío del potro y, finalmente, la nobleza de un gran caballo. Tejen hilos finísimos, pequeños y perfectos, en ese trance místico en el que habitan. Y la inocencia… no existe nada más conmovedor que la pureza de una sílfide. Esa misma que te entregaron como herencia.

Pero aquella noche irrumpieron las Willis. Quizá porque eras un ser profundamente amado y ellas solo conocieron el desamor. Fueron esas sombras quienes te arrancaron de este mundo, de la única y cruel manera que conocen. Ignoro si te obligaron a danzar hasta el último aliento o cuáles eran los planes de Myrtha. Las Willis son implacables. Y sé que fueron ellas porque también conozco su frío: espíritus desterrados del afecto que, sin piedad, arrebatan aquello que más se ama.

Giselle no acudió a la cita aquel amanecer de invierno. No pudo; no la dejaron. Y yo tampoco logré estar allí. Quizá no habría podido cambiar el destino, pero al menos habría tenido la oportunidad de despedirme de ti. Me dolió el alma —si es que el alma duele—; una opresión en el pecho tan intensa como el cariño que te tuve. Todos te amaban. Por eso acudieron ellas, movidas por el rencor; porque esa noche el alba tardó en despuntar, porque esa Giselle que habita en mí no llegó a tiempo para salvarte.

No, ellas no buscan vengarse de los hombres; se vengan de todo aquello que es amado. Por eso te fuiste tan joven, con toda una vida por delante. Su resentimiento no conoce límites ni compasión, ni siquiera ante una criatura nacida de las manos de una sílfide.

He pasado toda una vida intentando encarnar a esa Giselle perfecta, pero aquella noche, tristemente, no logré salir a escena.

Descansa en paz mi dulce poni

Literatura comercial vs. literatura de calidad: un viraje peligroso para la cultura

En los últimos años, la literatura atraviesa un momento de cambio profundo y complejo. Las reglas del juego parecen estar siendo redefinidas, y la balanza que antes se inclinaba hacia la calidad literaria ahora parece ceder ante la influencia del éxito comercial y la popularidad en redes sociales. Este fenómeno, aunque natural en un mundo cada vez más conectado y digital, plantea serias preguntas sobre el futuro de la cultura y el arte de escribir.

1. El poder de los seguidores en redes sociales

Hoy en día, la cantidad de seguidores, likes y comentarios en plataformas digitales se ha convertido en una moneda de cambio decisiva para editoriales y autores. Y peor aún: para los grandes sellos que se supone que nos tienen que ofrecer calidad. A menudo, la visibilidad en redes sociales determina qué libros reciben más promoción y llegan a un mayor público, desplazando a veces el valor literario real de la obra. Esta dinámica puede premiar la popularidad efímera y no la profundidad o la innovación literaria.

2. Riesgos de convertir la literatura en un producto comercial

La tendencia a priorizar lo comercial lleva a que muchos libros se diseñen para ser consumidos rápidamente, apelando a modas pasajeras y evitando riesgos creativos. Esto puede conducir a una literatura superficial, que sacrifica la riqueza del lenguaje, la complejidad de los personajes y la capacidad de hacer reflexionar al lector. El peligro es que la literatura se convierta en un producto más, perdiendo su función cultural.

3. La responsabilidad de escritores y editoriales

A pesar de las presiones del mercado, los escritores y editores tienen una responsabilidad ineludible: preservar la integridad artística y cultural de sus obras. Apostar por la calidad no siempre es fácil ni rentable a corto plazo, pero es esencial para mantener viva la literatura como un espacio de reflexión, emoción y crecimiento. La valentía de desafiar al lector y proponer nuevas miradas es lo que identifica a la literatura que perdura.

4. Mi propio camino literario

Como escritora, he elegido caminar un sendero donde la honestidad están por encima del éxito inmediato. Mi escritura no busca solo entretener, sino conectar con el lector y ofrecerle algo valioso que permanezca más allá del momento. Sé que ese camino es más lento y menos visible, pero es el propósito. Resulta poco común escuchar a una bailarina decir que conversa con caballos…

5. La importancia de la sensibilidad del lector

La literatura no es solo responsabilidad de autores y editoriales; también depende del lector. Cultivar un gusto literario consciente, aprender a discernir la calidad, y leer con atención y apertura son gestiones fundamentales para sostener una circuito literario saludable. La lectura debe ser un acto enriquecedor, no un consumo rápido y superficial.

6. Editoriales de autopublicación y la mercantilización de la literatura

En el panorama actual también debemos mencionar la proliferación de editoriales conocidas como “vanity” o de autopublicación, que aprovechan la moda de escribir para ofrecer servicios de publicación a cualquier persona, independientemente de su nivel literario. Estas editoriales suelen garantizar una edición completa y corrección, incluso cuando la obra llega plagada de errores o sin la calidad mínima esperable.

Aunque esta apertura puede ser vista como una popularización del acceso a la publicación, también plantea un riesgo significativo: se está dando espacio a personas que, sin el rigor y la dedicación que exige la literatura, buscan beneficiarse económicamente o, en el peor de los casos, no consiguen vender ni un solo libro, pero sí sentir que han podido escribir uno. Esto contribuye a la saturación del mercado con productos de escaso valor, dificultando que obras auténticas y de calidad encuentren su lugar. Y además, la llegada masiva de manuscritos ralentiza las labores de las editoriales. 

Este fenómeno refleja cómo, en ocasiones, el afán de vanidad puede eclipsar el compromiso con la cultura y el arte, y subraya la importancia de mantener estándares rigurosos que protejan las bases y el prestigio de la literatura.

Que de vez en cuando leamos un libro simple y superficial está bien. ¿Por qué no? También leemos revistas de moda, cocina y otras aficiones. Pero…cuidado con convertir a un sello editorial en un kiosko de pasatiempos. 

7. Una reflexión desde la danza: ¿y si aplicáramos estos criterios en otras artes?

Como bailarina, docente y agente activo de la cultura durante más de cincuenta años, no puedo evitar preguntarme qué pasaría si en el mundo de la danza aplicáramos los mismos criterios que hoy rigen la literatura comercial.

¿Qué sería de las grandes compañías, e incluso de las pequeñas? ¿Cómo se sostendría la excelencia en teatros de ópera y escenarios que requieren rigor, disciplina y un compromiso artístico real?

Esta comparación invita a un anális necesario: la calidad, la dedicación y la pasión por el arte no pueden ser sacrificadas en aras de la popularidad o el beneficio económico inmediato de los editores. En todas las expresiones culturales, mantener altos estándares académicos es fundamental para preservar la autenticidad y el legado artístico que enriquece a la sociedad.

Para reflexionar…

Del escenario al establo: la paciencia

La paciencia es una virtud que muchas veces se menciona, pero pocas se entiende en toda su profundidad. En mi vida, dos pasiones muy distintas —el ballet y el cuidado de los caballos— me han mostrado que la paciencia no solo es necesaria, sino también una herramienta esencial para crecer, superar obstáculos y encontrar belleza en el proceso.

En el ballet, la paciencia forma parte del entrenamiento diario. Aprender un nuevo paso o perfeccionar un movimiento puede tomar semanas, meses e incluso años. Más bien años. Cada posición, cada gesto requiere tiempo para dominarse, y la frustración suele ser parte del camino. Sin embargo, la paciencia me ha enseñado a respetar mi cuerpo, a escuchar sus señales y a entender que el progreso real viene de la constancia, de repetir los patrones que están bien y hacen bien.

Por otro lado, los caballos me han mostrado una paciencia diferente, basada en la empatía y el respeto. También me han demostrado que todo lleva tiempo. Cada caballo tiene su propio ritmo, sus miedos y sus tiempos para confiar. Para ganar su amistad y construir un vínculo sincero no hay atajos: solo dedicación diaria, calma y escucha. La paciencia, en este caso, se traduce en saber esperar, en no forzar ni apresurar, sino en acompañar y entender. Y también, como en la danza, en perseverar.

Lo que ambas experiencias tienen en común es que la paciencia no es pasividad, sino una actitud activa de presencia y compromiso. Me han enseñado que en la espera también hay aprendizaje, y que respetar los tiempos propios y ajenos es fundamental para cualquier tipo de crecimiento y progresión. 

En un mundo desbocado y ansioso, donde todo parece urgente, ser bailarina y amante de los caballos me recuerda que lo valioso se construye con calma, dedicación y al mismo con afán de superación.

La paciencia es como un adagio que se aprende poco a poco y se siente como un bailecito lento y cuidadoso junto a la compañía generosa de un caballo.