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Del escenario al establo: la paciencia

La paciencia es una virtud que muchas veces se menciona, pero pocas se entiende en toda su profundidad. En mi vida, dos pasiones muy distintas —el ballet y el cuidado de los caballos— me han mostrado que la paciencia no solo es necesaria, sino también una herramienta esencial para crecer, superar obstáculos y encontrar belleza en el proceso.

En el ballet, la paciencia forma parte del entrenamiento diario. Aprender un nuevo paso o perfeccionar un movimiento puede tomar semanas, meses e incluso años. Más bien años. Cada posición, cada gesto requiere tiempo para dominarse, y la frustración suele ser parte del camino. Sin embargo, la paciencia me ha enseñado a respetar mi cuerpo, a escuchar sus señales y a entender que el progreso real viene de la constancia, de repetir los patrones que están bien y hacen bien.

Por otro lado, los caballos me han mostrado una paciencia diferente, basada en la empatía y el respeto. También me han demostrado que todo lleva tiempo. Cada caballo tiene su propio ritmo, sus miedos y sus tiempos para confiar. Para ganar su amistad y construir un vínculo sincero no hay atajos: solo dedicación diaria, calma y escucha. La paciencia, en este caso, se traduce en saber esperar, en no forzar ni apresurar, sino en acompañar y entender. Y también, como en la danza, en perseverar.

Lo que ambas experiencias tienen en común es que la paciencia no es pasividad, sino una actitud activa de presencia y compromiso. Me han enseñado que en la espera también hay aprendizaje, y que respetar los tiempos propios y ajenos es fundamental para cualquier tipo de crecimiento y progresión. 

En un mundo desbocado y ansioso, donde todo parece urgente, ser bailarina y amante de los caballos me recuerda que lo valioso se construye con calma, dedicación y al mismo con afán de superación.

La paciencia es como un adagio que se aprende poco a poco y se siente como un bailecito lento y cuidadoso junto a la compañía generosa de un caballo.

A saber lo que piensa un caballo

Me giré para mirarte. Fue la última mirada que te eché antes de marchar. Quería retener un último instante, una imagen que se quedara conmigo. Tú me miraste también, aunque a veces es difícil saber lo que realmente piensa un caballo.

Aunque te conozca, haya dado lo mejor de mí y te haya sacado de tus angustias… a saber lo que piensa un caballo.

Es ese instante en que no sabes si girarte o no, si mirar o no. Pero lo hice. Porque nunca se sabe cuándo es la última vez. Aunque duela la incertidumbre, aún así lo hice.

Y te hice una foto. Quería inmortalizar tu mirada, tu energía, tu belleza. Sentí ese peso en el pecho, esa mezcla de sinsabor y lamento que duelen en las despedidas.

La luz del atardecer alumbraba tu cuadra.

Sabes que me fui, pero igual estoy. Sabes que me fui, pero que voy a volver. En realidad, no sé si lo sabes; o quizás sabes más que yo. Quién sabe si voy a volver… a saber lo que piensa un caballo.

Las hadas

Mi hermoso Kronos, ¿por dónde se acercan a ti las hadas mientras yo duermo?
Las únicas hadas que conozco son las sílfides de Fokine, y no creo que existan otras. ¡Si Chopin supiera quiénes danzan al ritmo de sus partituras! Si comprendiera que sus preludios y nocturnos ya no son solo melodías de un pianista de salón.
Kronos, dime, ¿puedes oír las notas de Chopin como yo las oigo? ¿Ves tú a las hadas como yo las veo?
No sé, mi noble amigo, si las sílfides se enamoran de los poetas o si prefieren tus crines rojas y tu andar sereno. Tal vez ellas, como yo, no puedan resistirse a tu belleza y revolotean a tu lado porque encuentran en ti esa poesía ideal que las hace por siempre sublimes y eternas.

María Liliana Carolo
Bailarina profesional
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