Literatura comercial vs. literatura de calidad: un viraje peligroso para la cultura

En los últimos años, la literatura atraviesa un momento de cambio profundo y complejo. Las reglas del juego parecen estar siendo redefinidas, y la balanza que antes se inclinaba hacia la calidad literaria ahora parece ceder ante la influencia del éxito comercial y la popularidad en redes sociales. Este fenómeno, aunque natural en un mundo cada vez más conectado y digital, plantea serias preguntas sobre el futuro de la cultura y el arte de escribir.

1. El poder de los seguidores en redes sociales

Hoy en día, la cantidad de seguidores, likes y comentarios en plataformas digitales se ha convertido en una moneda de cambio decisiva para editoriales y autores. Y peor aún: para los grandes sellos que se supone que nos tienen que ofrecer calidad. A menudo, la visibilidad en redes sociales determina qué libros reciben más promoción y llegan a un mayor público, desplazando a veces el valor literario real de la obra. Esta dinámica puede premiar la popularidad efímera y no la profundidad o la innovación literaria.

2. Riesgos de convertir la literatura en un producto comercial

La tendencia a priorizar lo comercial lleva a que muchos libros se diseñen para ser consumidos rápidamente, apelando a modas pasajeras y evitando riesgos creativos. Esto puede conducir a una literatura superficial, que sacrifica la riqueza del lenguaje, la complejidad de los personajes y la capacidad de hacer reflexionar al lector. El peligro es que la literatura se convierta en un producto más, perdiendo su función cultural.

3. La responsabilidad de escritores y editoriales

A pesar de las presiones del mercado, los escritores y editores tienen una responsabilidad ineludible: preservar la integridad artística y cultural de sus obras. Apostar por la calidad no siempre es fácil ni rentable a corto plazo, pero es esencial para mantener viva la literatura como un espacio de reflexión, emoción y crecimiento. La valentía de desafiar al lector y proponer nuevas miradas es lo que identifica a la literatura que perdura.

4. Mi propio camino literario

Como escritora, he elegido caminar un sendero donde la honestidad están por encima del éxito inmediato. Mi escritura no busca solo entretener, sino conectar con el lector y ofrecerle algo valioso que permanezca más allá del momento. Sé que ese camino es más lento y menos visible, pero es el propósito. Resulta poco común escuchar a una bailarina decir que conversa con caballos…

5. La importancia de la sensibilidad del lector

La literatura no es solo responsabilidad de autores y editoriales; también depende del lector. Cultivar un gusto literario consciente, aprender a discernir la calidad, y leer con atención y apertura son gestiones fundamentales para sostener una circuito literario saludable. La lectura debe ser un acto enriquecedor, no un consumo rápido y superficial.

6. Editoriales de autopublicación y la mercantilización de la literatura

En el panorama actual también debemos mencionar la proliferación de editoriales conocidas como “vanity” o de autopublicación, que aprovechan la moda de escribir para ofrecer servicios de publicación a cualquier persona, independientemente de su nivel literario. Estas editoriales suelen garantizar una edición completa y corrección, incluso cuando la obra llega plagada de errores o sin la calidad mínima esperable.

Aunque esta apertura puede ser vista como una popularización del acceso a la publicación, también plantea un riesgo significativo: se está dando espacio a personas que, sin el rigor y la dedicación que exige la literatura, buscan beneficiarse económicamente o, en el peor de los casos, no consiguen vender ni un solo libro, pero sí sentir que han podido escribir uno. Esto contribuye a la saturación del mercado con productos de escaso valor, dificultando que obras auténticas y de calidad encuentren su lugar. Y además, la llegada masiva de manuscritos ralentiza las labores de las editoriales. 

Este fenómeno refleja cómo, en ocasiones, el afán de vanidad puede eclipsar el compromiso con la cultura y el arte, y subraya la importancia de mantener estándares rigurosos que protejan las bases y el prestigio de la literatura.

Que de vez en cuando leamos un libro simple y superficial está bien. ¿Por qué no? También leemos revistas de moda, cocina y otras aficiones. Pero…cuidado con convertir a un sello editorial en un kiosko de pasatiempos. 

7. Una reflexión desde la danza: ¿y si aplicáramos estos criterios en otras artes?

Como bailarina, docente y agente activo de la cultura durante más de cincuenta años, no puedo evitar preguntarme qué pasaría si en el mundo de la danza aplicáramos los mismos criterios que hoy rigen la literatura comercial.

¿Qué sería de las grandes compañías, e incluso de las pequeñas? ¿Cómo se sostendría la excelencia en teatros de ópera y escenarios que requieren rigor, disciplina y un compromiso artístico real?

Esta comparación invita a un anális necesario: la calidad, la dedicación y la pasión por el arte no pueden ser sacrificadas en aras de la popularidad o el beneficio económico inmediato de los editores. En todas las expresiones culturales, mantener altos estándares académicos es fundamental para preservar la autenticidad y el legado artístico que enriquece a la sociedad.

Para reflexionar…

El Zorro y Tornado: inolvidables de mi niñez

Cuando era niña, tuve la suerte de vivir un momento que marcó mi infancia para siempre: ver en vivo a Guy Williams, el actor que protagonizó al auténtico Zorro.
Mi padre me llevó al circo de El Zorro en Mar del Plata, a principios de la década de los setenta. Aunque esperaba muy especialmente ver también a Tornado, su corcel, solo vi un hermoso caballo negro argentino que, para mí, era el mismísimo Tornado.

Recuerdo con cariño cómo Guy Williams apareció en la penumbra, montando en ese caballo legendario. Esa escena fue épica y grandiosa; un instante que conservo grabado en mi memoria. Si bien Tornado, el caballo original de las películas, Diamond Decorator, no era el que yo vi aquel día, mi padre no quiso romper la magia y dejó que yo siguiera creyendo que estaba frente al mítico caballo.

En las secuencias más peligrosas de aquella producción, el doble del actor se encargaba de las hazañas. Aunque Guy Williams también montaba a caballo y era un gran esgrimista. A pesar de estas dificultades, la saga televisiva logró capturar las proezas y el heroísmo sin los efectos especiales de la actualidad, confiando en la valentía y el talento de sus actores y animales.

Guy Williams, nuestro querido Zorro, encontró en Argentina un lugar que lo recibió con afecto. Desde su llegada en 1973 se sintió conectado con la cultura, la gente y el espíritu del país. Decidió vivir allí hasta el final de su vida, haciendo de Argentina su tierra adoptiva y encontrando en ella un hogar que lo acogió plenamente. Por eso digo «nuestro», porque el Zorro no es solo un personaje de Disney, sino que ya forma parte de todos nosotros.

Para mí, ese recuerdo del circo, esas escenas que recrearon la serie, el encuentro entrañable con Guy Williams y la ilusión de ver a Tornado son un tesoro que sigue emocionándome y que quiero compartir hoy en este espacio.

Si también creciste con un héroe enmascarado, déjamelo saber en los comentarios.
Gracias por acompañarme y por compartir conmigo este recuerdo de mi niñez.

El caballero de la alegre figura

De repente, se abrió la puerta y él apareció. Pequeño, curioso, inquieto y desenvuelto observaba a Kronos con mirada atenta. Miky, mi poni, salió del establo con un trote alegre, deseoso de conocer al recién llegado. Aún era un potro, pequeño pero valiente de espíritu —hasta hoy. La imponente presencia del caballo no lo inquietó; al contrario, le resultó divertido encontrarse con él. Quién sabe si alguna vez había visto caballos de cerca; él venía de un criador de ponis, y todo le resultaba nuevo y entretenido.

Tu feliz apariencia hizo más amables nuestros días, más amenas nuestras charlas y más apacibles las noches. ¿Qué habría sido del establo sin tu presencia mansa? ¿Qué habrían sido aquellas madrugadas sin tu compañía paciente?

Las horas oscuras del invierno se volvían más cálidas con tu carácter vivaz y tus pasos ligeros. Qué fortuna que llegaste. Qué dicha haber podido elegirte y que hayas aceptado que seamos tu familia.

Me encanta tu andar y a Kronos también le gusta; siempre va detrás de ti. Y yo, intentando vislumbrar cómo adueñarme un poquito de tu gracia infantil. Así viven mis sueños: en tus crines largas, en tu nariz suave, redonda y melosa.

Atento, noble, juguetón y de corazón fuerte…
Mis ilusiones de niña permanecen contigo a salvo, y aunque algún día la memoria me fallara, nunca podría olvidar tu pelito esponjoso ni tus orejas risueñas. Mi querido y dulce pony: el caballero de la tierna y alegre figura.

Miky poni

Quisiera ser poeta

Quisiera ser poeta para escribir de tus silencios las historias que guardas. Quisiera ser poeta para evocar los sueños que leo en tu mirada.

¿Qué tesoros custodian los poetas? ¿Qué caminos debo recorrer para encontrar su inspiración clara y trascendente?

No sé… quizá debería mirarte como lo haría un poeta y no como una danzarina. Quizá debería dejar de bailar al ritmo de tus cascos y escuchar su canción que me guíe hasta ese sendero.

Mientras tanto, escribo. Escribo para ti, bailo para ti y para mí.

¿Recuerdas la variación de Raymonda que tanto te gustaba? Cada vez que la escucho, me acuerdo de ti. Parecías entender cada uno de mis pasos. No dejabas de mirarme, igual que hago yo cuando me siento en un teatro.

Quisiera ser poeta para escribir los enigmas de un caballo, para leer su corazón, sus esperanzas, sus anhelos. Quisiera ser poeta, pero aprendí a bailar y a hablar sin palabras.

Tal vez, a tu lado, pueda encontrar ese rumbo misterioso; quién sabe si las hadas, una noche, me concedan ese don. Al fin y al cabo, las hadas son tus colegas y también las mías. Aunque parecen elegir tu presencia luminosa, por algún motivo que ignoro.

Yo también prefiero tu estampa brillante para bailar ante ella, y por si acaso, cuando llegue ese momento, tus ojos me guíen por esa senda milagrosa.

Entonces, ese día podré narrar con las palabras exactas la belleza de tu presencia y la virtud de tu alma.

A mi querido caballo: Kronos

Cómo nació el libro de «El poni celoso»: una historia que llegó al corazón de millones

A veces, las historias más bonitas surgen de los momentos más simples e inesperados.
Eso fue exactamente lo que pasó con El poni celoso, un cuento que nació de una escena cotidiana con mis caballos y que, sorprendentemente, llegó a millones de personas en todo el mundo.

Todo comenzó en 2021, con un vídeo muy sencillo que publiqué en una red social. En este, le colocaba una manta nueva a mi caballo. Lo que no imaginaba era que ese instante se convertiría en viral. El poni, sintiéndose desplazado, se puso celoso e intentó patear al otro caballo.

Allí estaba yo, hablándole -como si pudiera entenderme-, explicándole que no era momento de celos, sino de paciencia, porque todavía no hacía suficiente frío para que él usara una manta. Esa espontaneidad cautivó a millones de corazones. El vídeo se vio en televisiones de Latinoamérica y Estados Unidos, y llegó a ser número uno en Francia, viralizándose por todo el mundo. Quién sabe a cuántos millones llegó. Nunca imaginé que un circunstancia tan corriente para mí pudiera conectar con tanta gente. Y mucho menos tratándose de caballos, cuando los vídeos de gatos y perros son los que dominan Internet.

Inspirada por esa conexión con mis caballos y por los sentimientos universales que reflejaba esa escena, decidí crear un libro infantil que inmortalizara la historia. Quise darle vida en papel, para que las familias pudieran disfrutarla y aprender sobre los celos, la amistad y el valor de estar juntos.

Aunque El poni celoso es un libro autopublicado, fue realizado con mucho cuidado. Fue corregido por expertos, y las ilustraciones, obra de un profesional, le dieron vida y color a esta historia tan especial. No quería enfrentarme al trajín de una editorial; deseaba que el libro llegara cuanto antes a las manos de quienes quisieran leerlo. Para mí, este libro es un puente que lleva a mis caballos a cada hogar: una invitación a conocer y sentir lo que ellos viven, a través de una historia cercana y llena de ternura.

Te invito a descubrir El poni celoso y a compartirlo con quienes quieras. Es un relato para toda la familia, nacido de la vida real y de la magia de lo cotidiano. Y, sobre todo, es una forma de revivir las historias de caballos, tan olvidadas en un mundo literario que parece buscar lo fácil, lo efímero y lo instantáneo.

Si te ha gustado esta historia y quieres conocer más sobre El poni celoso y sus aventuras, puedes encontrar el libro en Amazon y en Google Play. Es una historia familiar, con ilustraciones cuidadas y un mensaje universal contado a través de dos equinos.

Aquí te dejo el enlace para que descubras la historia y lleves un pedacito de mis caballos a tu casa: Click aquí

El poni celoso
El poni celoso, María Liliana Carolo

El caballo viejo

Hay caballos que no necesitan nombre para ser grandes.

Un caballo viejo que fue fuerte y noble, que llevó muchas vidas sobre su lomo, y que ahora pasa sus días sin descanso, sin el cariño que merece.

No podemos cambiar lo que le pasa, ni buscar ayuda donde no hay puertas abiertas.

Solo podemos recordarlo con respeto y cariño, y desear que su alma encuentre paz.

Este post es para él.

Los caballos educados

Eso era lo que parecían, y en parte lo eran. Pero eran caballos, muy traviesos, y yo, les dejaba ser. Ellos me conocían.

Jugábamos, corríamos, usábamos juguetes, libros, todo lo que el lector pueda imaginar. Eran adorables, cariñosos, incluso a veces un poquito descarados, pero sí, mis caballos eran caballos muy educados.

Jamás tuve que correrlos por el prado para ponerles la cabezada y meterlos en el establo. Nada de eso. Cuando llegaba la hora de entrar, se acercaban a la puerta y con ansias bajaban la cabeza para que yo les pusiera la cabezada.

Admito que mi establo era perfecto: cómodo, luminoso, limpio, con paja, agua fresca, hierba y todo lo que un caballo puede soñar. Así que era bastante obvio que tenían ganas de entrar.

Un caballo que no quiere entrar a la cuadra es motivo para preguntarse qué se está haciendo mal, pero afortunadamente ese no era mi caso.

Ahora bien, eran muy pícaros y siempre estaban haciendo alguna travesura. Todo lo que veían, lo tumbaban con sus narices, rompían mantas, rompían sillas, jugaban con cualquier cosa que se pusiera en su camino.

Pero cuando llegaba el veterinario, el dentista o el herrador, parecían los caballos más educados del mundo. Se quedaban quietos, no pateaban, no mordían, e incluso parecían recibir con amabilidad a los doctores y al herrador.

La gente me decía: «¡Qué caballos tan educados!»
Sí… jejeje, eran un dechado de virtudes.

La cosa cambiaba en cuanto se iban los veterinarios o el herrador. Ahí empezaba la diversión de nuevo: a tirar todo con las narices, a correr, a dar vueltas y a jugar como lo hace un joven caballo.

Se transformaban de un instante a otro, qué listos. Simplemente les tenían respeto —o miedo— por la autoridad que ellos representan frente a los caballos. Pero bastaba que se fueran para que empezaran las diabluras otra vez.

Qué hermosos recuerdos… Cuánta dulzura han dejado en mi corazón, en mi jardín,  y en mi memoria. 

Los caballos educados. Quizás no eran los más educados, pero sí los más felices y los más queridos. 

El gusano

Hay momentos con los caballos que quedan grabados en el corazón para siempre, esas anécdotas que parecen simples pero guardan toda la magia de su personalidad. Quiero contarles la historia de cómo mi querido Kronos se ganó un apodo muy especial: El gusano.

Todo comenzó cuando le compré una manta nueva, de color negro, un tono que le favorece bastante. Bueno, en realidad, todos los colores le quedan de cine. Era una de esas mantas que imaginas que le quedarán perfectas y lo protegerán con eficacia. Llevaba conmigo la ilusión de ponerle algo nuevo y cómodo. Así que fui corriendo a abrigarlo y, con cuidado, le coloqué la manta. Cerré bien las trabillas delanteras, los cinchuelos de la barriga y los traseros. Quedó impecable, sin un solo doblez ni tirantez incómoda.

Después, me fui al establo un momento y dejé a Kronos en el prado. Cuando volví, la sorpresa fue mayúscula: allí estaba él, completamente fuera de la manta.

Lo más extraño de todo es que la manta estaba intacta, sin ningún desgarro ni daño. Las trabillas seguían perfectamente cerradas. Me quedé mirándola, tratando de entender cómo podía haber escapado de una forma tan misteriosa.

Me rompí la cabeza pensando en todas las posibilidades… ¿Se la habría quitado de alguna manera? ¿Se habría deslizado como un mago del escapismo? La verdad es que nunca lo supe.

Lo único claro es que la había puesto flojita, dejando ese espacio justo para que no le apretara la barriga, porque sé que es importante que la manta no esté demasiado ajustada. Pero aun así, parecía que Kronos había hecho un acto digno de Houdini.

Desde ese día, ese escape ingenioso le valió el apodo de «El gusano», porque solo un gusano podría haber pasado y salido de esa manta sin que nada se rompiera o desajustara.

Y aunque el misterio de cómo lo hizo sigue sin resolverse, cada vez que pienso en ese momento, me sonrío. Porque son esas historias breves las que colman de vida y diversión nuestro vínculo con los caballos, y llenan los días con asombro e incluso carcajadas.

Así es Kronos, mi gusano favorito, el maestro del escapismo y el que nunca dejará de sorprenderme.

Kronos y yo

Las mantas que cambian

Mis caballos rompen las mantas muy rápido; no hay una que dure demasiado. A veces me pregunto cómo puede ser, pero luego pienso que es porque están vivos, activos, libres. Cada manta que usan termina con marcas, desgarrones o manchas. No importa cuánto las cuide: poco a poco se van rompiendo, igual que pasa con tantas cosas que forman parte de nuestra vida diaria.

Pero justamente por eso, siempre hay una manta nueva esperando. El cuidado debe ser constante, y a veces hay que dejar ir lo viejo para poder dar lo mejor y permitir que llegue lo nuevo. He probado muchas marcas, modelos y colores, y también he aprendido a apreciar los pequeños instantes de vida que tienen estas mantas: trozos de tela, al fin y al cabo, pero un gran gesto de cuidado.

Hay que valorar las cosas y la función que cumplen. Me encanta sacarles fotos el primer día que las lucen. Al día siguiente, la manta ya estará sucia y no tendrá olor a nuevo; tendrá olor a caballo. Olor a cosas buenas, a momentos lindos, a cariño y nobleza… y también a suciedad, por supuesto. Pero ahí está la magia: lo nuevo y lo viejo, lo sucio que se puede limpiar, lo gastado que se puede renovar, el caballo que se deja cuidar y nosotros, que disfrutamos mimándolo. 

Las mantas buenas son caras, aunque duren poco. Sepa el lector que sería imposible fabricar mantas irrompibles para caballos, aunque todo buen propietario las sueñe en secreto. Sí, es solo un sueño, algo que nunca ocurrirá. Y no podría ser de otra manera: una manta debe poder romperse en caso de que el caballo se enganche en algún lugar o, revolcándose, necesite librarse de ella.

Por eso las mantas no son irrompibles. Por eso deben romperse, lavarse, frotarse. Es parte de nuestro deber frente a tan gentil animal. Sí, ya sé que es un trabajo pesado y que hay quien lo retrasa, pero debemos recordar que, si vamos a tener un caballo y mantas, debemos asumir una responsabilidad absoluta sobre su uso. Una manta sucia puede transmitir parásitos y polvo a nuestros caballos.

Por eso amamos las mantas: porque son trozos de tela que cuidan de nuestros caballos y que, a su vez, nosotros cuidamos. Aunque tengan detractores, los dejaremos opinar con total libertad. Todos sabemos que los caballos cambian el pelo en invierno y lo pierden en verano, pero existen mantas para múltiples funciones. Recuerdo cuando hice un curso sobre mantas; al final, poco recuerdo de sus contenidos, pero sí de mi propia experiencia con ellas.

Si queréis contarme vuestras historias sobre mantas y peludos equinos, no dejéis de hacerlo.

María Liliana Carolo

Del escenario al establo: la paciencia

La paciencia es una virtud que muchas veces se menciona, pero pocas se entiende en toda su profundidad. En mi vida, dos pasiones muy distintas —el ballet y el cuidado de los caballos— me han mostrado que la paciencia no solo es necesaria, sino también una herramienta esencial para crecer, superar obstáculos y encontrar belleza en el proceso.

En el ballet, la paciencia forma parte del entrenamiento diario. Aprender un nuevo paso o perfeccionar un movimiento puede tomar semanas, meses e incluso años. Más bien años. Cada posición, cada gesto requiere tiempo para dominarse, y la frustración suele ser parte del camino. Sin embargo, la paciencia me ha enseñado a respetar mi cuerpo, a escuchar sus señales y a entender que el progreso real viene de la constancia, de repetir los patrones que están bien y hacen bien.

Por otro lado, los caballos me han mostrado una paciencia diferente, basada en la empatía y el respeto. También me han demostrado que todo lleva tiempo. Cada caballo tiene su propio ritmo, sus miedos y sus tiempos para confiar. Para ganar su amistad y construir un vínculo sincero no hay atajos: solo dedicación diaria, calma y escucha. La paciencia, en este caso, se traduce en saber esperar, en no forzar ni apresurar, sino en acompañar y entender. Y también, como en la danza, en perseverar.

Lo que ambas experiencias tienen en común es que la paciencia no es pasividad, sino una actitud activa de presencia y compromiso. Me han enseñado que en la espera también hay aprendizaje, y que respetar los tiempos propios y ajenos es fundamental para cualquier tipo de crecimiento y progresión. 

En un mundo desbocado y ansioso, donde todo parece urgente, ser bailarina y amante de los caballos me recuerda que lo valioso se construye con calma, dedicación y al mismo con afán de superación.

La paciencia es como un adagio que se aprende poco a poco y se siente como un bailecito lento y cuidadoso junto a la compañía generosa de un caballo.